30 de mayo de 2026

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Anahita Ratebzad: la médica que le torció el brazo a Afganistán

En 1957, un grupo de enfermeras entró al Hospital Aliabad de Kabul (Afganistan) sin velo. Las encabezaba una mujer de 26 años, médica, marxista y absolutamente consciente de lo que estaba haciendo. Ese gesto, pequeño en apariencia y gigantesco en contexto, resume bastante bien quién fue Anahita Ratebzad.

Nacida en 1931 en Guldara, provincia de Kabul, Ratebzad creció sin padre, exiliado en Irán por defender las reformas modernizadoras de Amanullah Khan y muerto allá, lejos, en el destierro. Esa ausencia, esa pobreza temprana, no la paralizó. Estudió enfermería en la Universidad Estatal de Michigan, volvió a Afganistán, se matriculó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Kabul en 1957 y se graduó en 1963, en un país donde eso era, para una mujer, algo cercano al milagro.

Pero la medicina era solo una parte. La política era la otra, y en esa no tenía intención de quedarse en el margen.

En 1964 fundó la Organización Democrática de Mujeres Afganas, que, a diferencia de muchas organizaciones del período, no tenía financiamiento extranjero ni una ideología impuesta desde afuera: era mujeres intelectuales afganas trabajando por sus propios derechos, por iniciativa propia. Al año siguiente, en 1965, se convirtió en una de las primeras cuatro mujeres elegidas al parlamento afgano en toda la historia del país. Ese mismo año ayudó a fundar el Partido Democrático Popular de Afganistán, adhiriéndose a la facción Parcham.

Era también, inevitablemente, una figura enormemente incómoda. Sus posiciones sobre derechos de las mujeres, su marxismo declarado, su vida personal que no pedía permiso ni se disculpaba, la convirtieron en blanco constante de la sociedad conservadora afgana. Estaba casada desde los 15 años, en compensación por facturas médicas según algunas fuentes, con un cirujano que no aprobaba ninguna de sus actividades políticas. Se separaron de facto en 1973. Nunca se divorciaron formalmente, pero vivieron vidas completamente distintas.

Después de la Revolución de Saur de 1978, fue la única mujer en el gabinete post-golpe, como Ministra de Asuntos Sociales. Cuatro meses después, los equilibrios internos del PDPA la enviaron como embajadora a Yugoslavia, convirtiéndose en la primera mujer embajadora de su país. Cuando volvió, tras la invasión soviética, fue Ministra de Educación y Vicepresidenta del Consejo Revolucionario. En 1980. En Afganistán.

El poder no duró. Cuando Najibullah reemplazó a Karmal en 1986 e intentó limpiar la imagen marxista del gobierno, Ratebzad fue removida de todos sus cargos. Aguantó en Afganistán hasta 1992, huyó de los enfrentamientos de los Muyahidines, vivió en Bulgaria, pidió asilo político y murió en Lünen, Alemania, en septiembre de 2014, a los 82 años, de insuficiencia renal. Sus restos fueron llevados de vuelta a Kabul.

Pues eso. Una mujer que cruzó un hospital sin velo en 1957 y terminó siendo vicejefa de estado. Algo que algunos constructores de relatos históricos, como decíamos en otro post, tampoco terminan de tomar en cuenta.

23 de mayo de 2026

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Hermenéutica: leer el mundo, aunque cambie

  

¿Te llegó alguna vez un mensaje que solo decía "tenemos que hablar"? En ese momento de pánico, ya estabas haciendo hermenéutica. Sin saberlo, claro.

Estamos leyendo constantemente, no solo libros, sino gestos, silencios, memes, discursos políticos, letras de canciones y escenas post créditos de películas, y la hermenéutica es el nombre elegante que le pusieron a ese proceso mental que hacemos sin darnos cuenta. La palabra viene del griego, conectada con Hermes, el mensajero del Olimpo, ese que no repetía los recados de Zeus como loro sino que los traducía, los adaptaba, los volvía comprensibles para humanos que no hablaban lenguaje divino. Ese puente es lo que estudia esta disciplina. Tres conceptos vale la pena conocer.

El círculo hermenéutico: no se entiende una parte sin el todo, ni el todo sin las partes, como leer una novela de misterio donde cada capítulo reescribe el sentido de los anteriores. Los prejuicios, y aquí Gadamer hace algo interesante porque los rehabilita, ya que no somos pizarras en blanco sino que llegamos a cada texto, conversación o película con nuestra cultura, y aunque suene tautológico, nuestra forma de vivir nuestra cultura. Eso no es un defecto sino los lentes con los que empezamos a ver, aunque el problema no es tenerlos sino no saber que los llevamos puestos. La fusión de horizontes: cuando interpretamos bien, ninguno de los dos se disuelve en el otro, ambos se amplían y al terminar una buena lectura uno ya no es exactamente el mismo.

Sirve para más de lo que parece. Un juez que aplica una ley del siglo pasado a un problema de inteligencia artificial está haciendo hermenéutica, igual que un teólogo separando el mensaje espiritual del contexto cultural de un texto sagrado, igual que cualquiera que lea un titular y se pregunte quién lo escribió, desde dónde y con qué interés.

Ahí está el punto real, el que nadie menciona en los manuales. En un mundo donde los algoritmos deciden lo que vemos y las noticias falsas imitan a las verdaderas con una precisión cada vez más perturbadora, interpretar es un acto de supervivencia, y eso no es un hecho objetivo.

Hermes, interpreta a Zeus

27 de marzo de 2026

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¿De quién es realmente la liminalidad? Turner, Douglas y una deuda que nadie paga

Hace tiempo que la antropología tiene el hábito, no muy elegante, de encumbrar a sus héroes y olvidar a quienes les pasaron las herramientas. Victor Turner es uno de esos héroes: liminalidad, communitas, anti-estructura. Conceptos que cualquier estudiante de antropología recita como si fueran suyos. Pero, ¿y si no lo son del todo?



Pues resulta, y esto es lo interesante, que antes de que Turner publicara cualquier cosa relevante sobre el ritual, Mary Douglas ya había hecho el trabajo sucio. Entre 1949 y 1953, Douglas andaba entre los Lele del Congo estudiando algo aparentemente menor: un mamífero con escamas que vive en los árboles y en la tierra. Un pangolín. Un animal que no encaja en ninguna categoría. Y ahí, en ese bicho inclasificable, estaba la semilla de todo lo que Turner se llevaría el crédito después.

La lógica es simple, aunque no lo parezca: lo que no tiene lugar en el sistema de clasificación de una sociedad genera peligro simbólico. Douglas lo llamó contaminación, y su libro Purity and Danger de 1966 lo explicó con una frase que quedará: la suciedad es materia fuera de lugar. No es un problema de higiene, es un problema de orden social.

Ahora bien, ¿qué hizo Turner con esto? Pues tomó esa lógica y la aplicó al ser humano en transición ritual. El neófito en una iniciación no es niño ni adulto, no está vivo ni muerto socialmente. Es, para usar las palabras del propio Turner, betwixt and between. Es decir, materia fuera de lugar con patas.

Y aquí está lo jugoso: en 1964, cuando Turner presentó su ensayo sobre la liminalidad, citó explícitamente a Douglas. Dos años antes de que Purity and Danger fuera publicado formalmente. O sea, Turner tenía acceso a los borradores, a las conferencias, a las ideas circulando. La transferencia conceptual es evidente, aunque nadie la mencione en los manuales de introducción a la antropología.

La diferencia entre ambos, y esto sí vale la pena entenderlo, es de movimiento. Douglas ve el ritual como algo que protege el orden, que reafirma quién es quién y dónde va cada cosa. Turner ve el ritual como el momento donde el orden se rompe para renovarse. Douglas pone el freno, Turner pisa el acelerador. Pero el vehículo, el chasis conceptual, es el mismo.

Entonces, ¿qué nos dice esto? Que la historia intelectual raramente es la historia de genios aislados. Es, como diría cualquier antropólogo si fuera honesto, una historia de préstamos, adaptaciones y, a veces, de créditos mal asignados.

La communitas de Turner, ese estado de igualdad radical que aparece en la liminalidad, no existiría sin los márgenes peligrosos que Douglas identificó primero. Ella puso la gramática. Él escribió la novela. Y nosotros, al leer solo la novela, olvidamos que alguien inventó el alfabeto.

¿puede haber liminalidad sin Douglas?