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23 de mayo de 2026

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Hermenéutica: leer el mundo, aunque cambie

  

¿Te llegó alguna vez un mensaje que solo decía "tenemos que hablar"? En ese momento de pánico, ya estabas haciendo hermenéutica. Sin saberlo, claro.

Estamos leyendo constantemente, no solo libros, sino gestos, silencios, memes, discursos políticos, letras de canciones y escenas post créditos de películas, y la hermenéutica es el nombre elegante que le pusieron a ese proceso mental que hacemos sin darnos cuenta. La palabra viene del griego, conectada con Hermes, el mensajero del Olimpo, ese que no repetía los recados de Zeus como loro sino que los traducía, los adaptaba, los volvía comprensibles para humanos que no hablaban lenguaje divino. Ese puente es lo que estudia esta disciplina. Tres conceptos vale la pena conocer.

El círculo hermenéutico: no se entiende una parte sin el todo, ni el todo sin las partes, como leer una novela de misterio donde cada capítulo reescribe el sentido de los anteriores. Los prejuicios, y aquí Gadamer hace algo interesante porque los rehabilita, ya que no somos pizarras en blanco sino que llegamos a cada texto, conversación o película con nuestra cultura, y aunque suene tautológico, nuestra forma de vivir nuestra cultura. Eso no es un defecto sino los lentes con los que empezamos a ver, aunque el problema no es tenerlos sino no saber que los llevamos puestos. La fusión de horizontes: cuando interpretamos bien, ninguno de los dos se disuelve en el otro, ambos se amplían y al terminar una buena lectura uno ya no es exactamente el mismo.

Sirve para más de lo que parece. Un juez que aplica una ley del siglo pasado a un problema de inteligencia artificial está haciendo hermenéutica, igual que un teólogo separando el mensaje espiritual del contexto cultural de un texto sagrado, igual que cualquiera que lea un titular y se pregunte quién lo escribió, desde dónde y con qué interés.

Ahí está el punto real, el que nadie menciona en los manuales. En un mundo donde los algoritmos deciden lo que vemos y las noticias falsas imitan a las verdaderas con una precisión cada vez más perturbadora, interpretar es un acto de supervivencia, y eso no es un hecho objetivo.

Hermes, interpreta a Zeus

27 de marzo de 2026

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¿De quién es realmente la liminalidad? Turner, Douglas y una deuda que nadie paga

Hace tiempo que la antropología tiene el hábito, no muy elegante, de encumbrar a sus héroes y olvidar a quienes les pasaron las herramientas. Victor Turner es uno de esos héroes: liminalidad, communitas, anti-estructura. Conceptos que cualquier estudiante de antropología recita como si fueran suyos. Pero, ¿y si no lo son del todo?



Pues resulta, y esto es lo interesante, que antes de que Turner publicara cualquier cosa relevante sobre el ritual, Mary Douglas ya había hecho el trabajo sucio. Entre 1949 y 1953, Douglas andaba entre los Lele del Congo estudiando algo aparentemente menor: un mamífero con escamas que vive en los árboles y en la tierra. Un pangolín. Un animal que no encaja en ninguna categoría. Y ahí, en ese bicho inclasificable, estaba la semilla de todo lo que Turner se llevaría el crédito después.

La lógica es simple, aunque no lo parezca: lo que no tiene lugar en el sistema de clasificación de una sociedad genera peligro simbólico. Douglas lo llamó contaminación, y su libro Purity and Danger de 1966 lo explicó con una frase que quedará: la suciedad es materia fuera de lugar. No es un problema de higiene, es un problema de orden social.

Ahora bien, ¿qué hizo Turner con esto? Pues tomó esa lógica y la aplicó al ser humano en transición ritual. El neófito en una iniciación no es niño ni adulto, no está vivo ni muerto socialmente. Es, para usar las palabras del propio Turner, betwixt and between. Es decir, materia fuera de lugar con patas.

Y aquí está lo jugoso: en 1964, cuando Turner presentó su ensayo sobre la liminalidad, citó explícitamente a Douglas. Dos años antes de que Purity and Danger fuera publicado formalmente. O sea, Turner tenía acceso a los borradores, a las conferencias, a las ideas circulando. La transferencia conceptual es evidente, aunque nadie la mencione en los manuales de introducción a la antropología.

La diferencia entre ambos, y esto sí vale la pena entenderlo, es de movimiento. Douglas ve el ritual como algo que protege el orden, que reafirma quién es quién y dónde va cada cosa. Turner ve el ritual como el momento donde el orden se rompe para renovarse. Douglas pone el freno, Turner pisa el acelerador. Pero el vehículo, el chasis conceptual, es el mismo.

Entonces, ¿qué nos dice esto? Que la historia intelectual raramente es la historia de genios aislados. Es, como diría cualquier antropólogo si fuera honesto, una historia de préstamos, adaptaciones y, a veces, de créditos mal asignados.

La communitas de Turner, ese estado de igualdad radical que aparece en la liminalidad, no existiría sin los márgenes peligrosos que Douglas identificó primero. Ella puso la gramática. Él escribió la novela. Y nosotros, al leer solo la novela, olvidamos que alguien inventó el alfabeto.

¿puede haber liminalidad sin Douglas?

21 de septiembre de 2025

Edward Evan Evans-Pritchard. Africanismo colonial


Edward Evan Evans-Pritchard, nacido el 21 de septiembre de 1902 en Crowborough, Inglaterra. Este influyente antropólogo británico marcó la antropología social con sus estudios sobre culturas africanas. Sin embargo, su trabajo no estuvo exento de controversias, especialmente por su relación con el contexto colonial en el que desarrolló sus investigaciones.

Se formó en la Universidad de Oxford y la London School of Economics, influenciado por académicos como Bronisław Malinowski. Su trabajo de campo entre los Azande y los Nuer en Sudán le permitió explorar las creencias y estructuras sociales de estas comunidades. Sin embargo, sus estudios se realizaron en un contexto colonial británico, donde su presencia como antropólogo a menudo estuvo vinculada a los intereses administrativos de las autoridades coloniales, lo que plantea críticas éticas sobre cómo su trabajo pudo haber servido, aunque indirectamente, al control colonial. 

Su principal contribución fue un enfoque interpretativo que destacó cómo las personas dan sentido a su mundo a través de sistemas culturales, como se ve en obras clásicas como Witchcraft, Oracles and Magic among the Azande (1937) y The Nuer (1940). Estos textos analizan la religión y la organización social, promoviendo una visión menos etnocéntrica de las culturas no occidentales.

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Alfred Reginald Radcliffe-Brown. Un pilar de la antropología


Alfred Reginald Radcliffe-Brown, nacido el 17 de enero de 1881 en Birmingham, Inglaterra. Con su trabajo dejó una huella imborrable en el campo de la antropología social, siendo una figura clave en el desarrollo del estructural-funcionalismo. Su vida estuvo marcada por un profundo interés en comprender las estructuras sociales y su funcionamiento, influenciando generaciones de estudiosos en esta disciplina.

Radcliffe-Brown estudió en el Trinity College de Cambridge, donde se formó bajo la tutela de figuras como W.H.R. Rivers. Su trabajo de campo en lugares como las islas Andamán y Australia le permitió desarrollar una perspectiva comparativa sobre las sociedades humanas. A diferencia de otros antropólogos de su época, Radcliffe-Brown se centró en el análisis de las instituciones sociales y su papel en mantener la cohesión de las comunidades, alejándose de las interpretaciones evolucionistas que dominaban en su tiempo.

Su mayor aporte a la antropología fue el desarrollo del estructural-funcionalismo, una teoría que analiza cómo las estructuras sociales contribuyen a la estabilidad y continuidad de una sociedad. Radcliffe-Brown veía a las sociedades como sistemas organizados, donde cada elemento (como la familia o el sistema político) cumplía una función específica para mantener el equilibrio social. Obras como The Andaman Islanders (1922) y Structure and Function in Primitive Society (1952) son fundamentales para entender su enfoque.

El legado de Radcliffe-Brown perdura en la antropología moderna, especialmente en el estudio de las dinámicas sociales y la organización cultural. Su énfasis en el trabajo de campo riguroso y el análisis sistemático sigue inspirando a antropólogos de todo el mundo. En este día, celebramos su vida y su contribución al entendimiento de la complejidad de las sociedades humanas.

28 de agosto de 2025

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La fe como estrategia de dominación - la CIA vs La Teologia de la Liberacion

Durante el período de la Guerra Fría, EE. UU. buscó activamente contrarrestar el avance del comunismo en América Latina. La cosmovisión de la alteridad, representada por los movimientos de izquierda y la Teología de la Liberación, era vista como una amenaza directa a la hegemonía estadounidense. La CIA, con un claro etnocentrismo, consideró que la forma más efectiva de debilitar estos movimientos era promoviendo una nueva cultura religiosa. Su estrategia no fue el colonialismo tradicional, sino una forma sutil de neocolonialismo, donde la aculturación y el sincretismo religioso se convirtieron en armas.

A través de investigaciones de etnología, sabemos que la CIA inyectó millones de dólares para expandir iglesias evangélicas conservadoras, en particular las pentecostales. El objetivo era claro: desviar el descontento popular hacia un activismo religioso apolítico y alejarlo de la lucha de clases. Mientras la Iglesia Católica progresista promovía la agencia y la resistencia, las iglesias evangélicas ofrecían una identidad alternativa, canalizando la energía de los desfavorecidos hacia el animismo y el shamanismo de la fe, en lugar de hacia la acción política.

 

De la Guerra Fría a la política contemporánea

En el Cono Sur, las dictaduras militares y EE. UU. colaboraron para dar plataforma a líderes evangélicos que compartían su etnicidad ideológica y su nacionalismo anticomunista. Este ritual de apoyo mutuo debilitó la reciprocidad de los movimientos sociales y los lazos de parentesco ideológico que se estaban formando. Los regímenes militares encontraron en estas iglesias un aliado perfecto para su estratificación social y para ejercer su poder.

Hoy, el peso político de las iglesias evangélicas es innegable. Este fenómeno, que a menudo se describe como un "avivamiento religioso espontáneo", es en realidad un legado directo de aquella estrategia geopolítica. El estudio de este fenómeno, con un enfoque de relativismo cultural, nos permite entender cómo la fe puede ser manipulada para fines estratégicos, dejando un impacto duradero en la sociedad y la política de la región.

4 de enero de 2025

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Brebe reseña de "BEING HUMAN" de Lewis Dartnell

https://imagessl1.casadellibro.com/a/l/s7/31/9781529925531.webp 

Lewis Dartnell - en su obra profundiza en la manera en que la biología ha moldeado los eventos histórico Este enfoque se enlaza con un planteamiento más amplio sobre la relación entre las ciencias naturales y los procesos sociales y políticos…

Su análisis incluye casos paradigmáticos (como el impacto de las enfermedades en la caída de grandes civilizaciones) Un ejemplo crucial se sitúa en 1521 - cuando las fuerzas mexicas ofrecieron escasa resistencia ante el sitio de Tenochtitlán liderado por Hernán Cortés… Las enfermedades introducidas por los europeos (como la viruela) devastaron la población local… debilitando a una sociedad que desconocía estos patógenos…

Este fenómeno no fue único en la historia; siglos antes (durante el apogeo del Imperio Musulmán en el siglo VII) la peste - propagada por la bacteria Yersinia pestis - jugó un papel fundamental en el debilitamiento de los imperios bizantino y sasánida; facilitando la expansión islámica.

El autor trasciende estos episodios para explorar cómo la biología humana influenció eventos como la independencia de Haití; la formación del Reino Unido y la caída de la monarquía borbónica en España… Asimismo analiza fenómenos culturales y económicos (como el rol de las drogas en conflictos internacionales y la fundación de naciones)… Dartnell argumenta que estas intersecciones entre biología e historia revelan una dinámica profunda entre los avances científicos - los entornos geográficos y los contextos sociales.

En este marco - BEING HUMAN constituye un esfuerzo por vincular disciplinas tradicionalmente separadas; proponiendo un enfoque interdisciplinario para entender las fuerzas que moldean el destino de las sociedades


9 de septiembre de 2024

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Carta a un amigo japonés (Jacques Derrida)

Carta a un amigo japonés (Jacques Derrida)

Esta carta, publicada en primer lugar en japonés y más tarde en otras lenguas, apareció en francés en Le Promeneur, XLII, a mediados de octubre de 1985. Publicada, últimamente, en Psyché. Inventions de l’autre, París, Galilée, 1987. Toshihiko Izutsu es el célebre islamista japonés.



Traducción de Cristina de Peretti, en El tiempo de una tesis: Deconstrucción e implicaciones conceptuales, Proyecto A Ediciones, Barcelona, 1997, pp. 23-27


Querido Profesor Izutsu:

[...] Con ocasión de nuestro encuentro, le prometí unas reflexiones -esquemáticas y preliminares- sobre la palabra «desconstrucción». Se trataba, en suma, de unos prolegómenos a una posible traducción de dicha palabra al japonés. Y, con vistas a ello, de intentar al menos una determinación negativa de las significaciones o connotaciones que deberían evitarse en la medida de lo posible. Por consiguiente, la cuestión sería: ¿qué no es la desconstrucción? O, más bien ¿qué debería no ser? Subrayo estas palabras («posible» y «debería») dado que, si bien es factible anticipar las dificultades de traducción (y la cuestión de la desconstrucción es, asimismo, de cabo a cabo la cuestión de la traducción y de la lengua de los conceptos, del corpus conceptual de la metafísica llamada «occidental»), no por ello habría que empezar creyendo -eso resultaría una ingenuidad- que la palabra «desconstrucción» se adecua, en francés, a alguna significación clara y unívoca. Existe ya, en «mi» lengua, un oscuro problema de traducción entre aquello a lo que se puede apuntar, aquí y allá, con esta palabra y la utilización misma, los recursos de dicha palabra. Y resulta ya claro que las cosas cambian de un contexto a otro, incluso en francés. Mejor aún, en los medios alemán, inglés y, sobre todo, americano, la misma palabra está ya vinculada a unas connotaciones, a unas inflexiones, a unos valores afectivos o patéticos muy diferentes. Su análisis sería interesante y merecería todo un trabajo en otra parte.

Cuando elegí esta palabra, o cuando se me impuso -creo que fue en De la gramatología-, no pensaba yo que se le iba a reconocer un papel tan central en el discurso que por entonces me interesaba. Entre otras cosas, yo deseaba traducir y adaptar a mi propósito los términos heideggerianos de Destruktion y de Abbau. Ambos significaban, en ese contexto, una operación relativa a la estructura o arquitectura tradicional de los conceptos fundadores de la ontología o de la metafísica occidental. Pero, en francés, el término «destrucción» implicaba de forma demasiado visible un aniquilamiento, una reducción negativa más próxima de la «demolición» nietzscheana, quizá, que de la interpretación heideggeriana o del tipo de lectura que yo proponía. Por consiguiente, lo descarté. Recuerdo haber investigado si la palabra «desconstrucción» (que me vino de modo aparentemente muy espontáneo) era efectivamente una palabra francesa. La encontré en el Littré. Su alcance gramatical, lingüístico o retórico se hallaba aquí asociado a un alcance «maquínico». Esta asociación me pareció muy afortunada, muy adecuada a lo que yo quería, al menos, sugerir. Me permito citar algunos artículos del Littré. «Desconstrucción / Acción de desconstruir. / Término gramatical. Desarreglo de la construcción de las palabras en una frase. “De la desconstrucción, vulgarmente llamada construcción”, Lemare, Del modo de aprender las lenguas, cap. 17, en Curso de lengua latina. Desconstruir / 1) Desensamblar las partes de un todo. Desconstruir una máquina para transportarla a otra parte. 2) Término de gramática [...] Desconstruir versos, hacerlos, suprimiendo la medida, semejantes a la prosa. / Absolutamente. “En el método de las frases prenocionales, se empieza asimismo por la traducción, y una de las ventajas consiste en no tener nunca necesidad de desconstruir”, Lemare, ibíd. 3) Desconstruirse [...] Perder su construcción. “La erudición moderna confirma que, en una región del inmóvil Oriente, una lengua llegada a su perfección se ha desconstruido y alterado por sí misma, por la sola ley del cambio, ley natural del espíritu humano”, Villemain, Prefacio del Diccionario de la Academia. »[i]

Naturalmente, va a haber que traducir todo esto al japonés, lo cual no hace más que retrasar el

problema. Es evidente que, si todas estas significaciones enumeradas por el Littré me interesaban por su afinidad con lo que yo «quería-decir», estas no concernían, metafóricamente, si se quiere, más que a modelos o a regiones de sentido y no a la totalidad de aquello a lo que puede apuntar la desconstrucción en su ambición más radical. Ésta no se limita ni a un modelo lingüístico-gramatical, ni siquiera a un modelo semántico, y menos aún a un modelo maquínico. Estos modelos mismos deberían ser sometidos a un cuestionamiento desconstructivo. Cierto es que, más adelante, dichos «modelos» han dado origen a numerosos malentendidos sobre el concepto y el término de desconstrucción, pues se ha caído en la tentación de reducir ésta a aquellos.

También hay que decir que la palabra era de uso poco frecuente, a menudo desconocido en Francia. Ha tenido que ser reconstruido en cierto modo, y su valor de uso ha quedado determinado por el discurso que se intentó en la época, en torno a y a partir de De la gramatología. Este valor de uso es el que voy a tratar ahora de precisar, y no cualquier sentido primitivo, cualquier etimología al amparo o más allá de toda estrategia contextual.

Dos palabras más referentes al «contexto». El «estructuralismo» dominaba por aquel entonces. «Desconstrucción»parecía ir en este sentido, ya que la palabra significaba una cierta atención a las estructuras (que, por su parte, no son simplemente ideas, ni formas, ni síntesis, ni sistemas). Desconstruir era asimismo un gesto estructuralista, en cualquier caso, era un gesto que asumía un cierta necesidad de la problemática estructuralista. Pero era también un gesto antiestructuralista; y su éxito se debe, en parte, a este equívoco. Se trataba de deshacer, de descomponer, de desedimentar estructuras (todo tipo de estructuras, lingüísticas, «logocéntricas», «fonocéntricas» -pues el estructuralismo estaba, por entonces, dominado por los modelos lingüísticos de la llamada lingüística estructural que se denominaba también saussuriana-, socio-institucionales políticos, culturales y, ante todo y sobre todo, filosóficos). Por eso, en particular en Estados Unidos, se ha asociado el motivo de la desconstrucción al «post-estructuralismo» (palabra desconocida en Francia, salvo cuando «vuelve» de Estados Unidos). Pero deshacer, descomponer, desedimentar estructuras, movimiento más histórico, en cierto sentido, que el movimiento «estructuralista» que se hallaba de este modo puesto en cuestión, no consistía en una operación negativa. Más que destruir era preciso asimismo comprender cómo se había construido un «conjunto» y, para ello, era preciso reconstruirlo. No obstante, la apariencia negativa era y sigue siendo tanto más difícil de borrar cuanto que es legible en la gramática de la palabra (des-), a pesar de que esta puede sugerir, también, más una derivación genealógica que una demolición. Esta es la razón por la que dicha palabra, al menos por sí sola, no me ha parecido nunca satisfactoria (pero ¿qué palabra lo es?) y la razón por la que debe estar siempre rodeada de un discurso. Difícil de borrar después porque, en el trabajo de la desconstrucción, al igual que lo hago aquí he tenido que multiplicar las puestas en guardia, que descartar finalmente todos los conceptos filosóficos de la tradición al tiempo que reafirmaba la necesidad de recurrir a ellos, al menos en tanto que conceptos tachados. Se ha afirmado por lo tanto, precipitadamente, que era una especie de teología negativa (lo cual no era ni verdadero ni falso, pero dejo aquí este debate).[ii]

En cualquier caso, pese a las apariencias, la desconstrucción no es ni un análisis ni una crítica, y la traducción debería tener esto en cuenta. No es un análisis, sobre todo porque el desmontaje de una estructura no es una regresión hacia el elemento simple, hacia un origen indescomponible. Estos valores, como el de análisis, son, ellos mismos, filosofemas sometidos a la desconstrucción. Tampoco es una crítica, en un sentido general o en un sentido kantiano. La instancia misma del krinein o de la krisis (decisión, elección, juicio, discernimiento) es, como lo es por otra parte todo el aparato de la crítica trascendental, uno) de los «temas» o de los «objetos» esenciales de la desconstrucción.

Lo mismo diré con respecto al método. La desconstrucción no es un método y no puede ser transformada en método. Sobre todo si se acentúa, en aquella palabra, la significación sumarial o técnica. Cierto es que, en ciertos medios universitarios o culturales, pienso en particular en Estados Unidos), la «metáfora» técnica y metodológica, que parece necesariamente unida a la palabra misma de «desconstrucción», ha podido seducir o despistar. De ahí el debate que se ha desarrollado en estos mismos medios: ¿puede convertirse la desconstrucción en una metodología de la lectura y de la interpretación? ¿Puede, de este modo, dejarse reapropiar y domesticar por las instituciones académicas?

No basta con decir que la desconstrucción no puede reducirse a una mera instrumentalidad metodológica, a un conjunto de reglas y de procedimientos transportables. No basta con decir que cada «acontecimiento» de desconstrucción resulta singular o, en todo caso, lo más cercano posible a algo así como un idioma y una firma. Es preciso, asimismo, señalar que la desconstrucción no es siquiera un acto o una operación. No sólo porque, en ese caso, habría en ella algo «pasivo» o algo «paciente» (más pasivo que la pasividad, diría Blanchot, que la pasividad tal como es contrapuesta a la actividad). No sólo porque no corresponde a un sujeto (individual o colectivo) que tomaría la iniciativa de ella y la aplicaría a un objeto, a un texto, a un tema, etc. La desconstrucción tiene lugar; es un acontecimiento que no espera la deliberación, la conciencia o la organización del sujeto, ni siquiera de la modernidad. Ello se desconstruye. El ello no es, aquí, una cosa impersonal que se contrapondría a alguna subjetividad egológica. Está en desconstrucción (Littré decía: «desconstruirse... perder su construcción»). Y en el «se» del «desconstruirse», que no es la reflexividad de un yo o de una conciencia, reside todo el enigma. Querido amigo, me doy cuenta de que, al intentar aclararle una palabra con vistas a ayudar a su traducción, no hago más que multiplicar con ello las dificultades: la imposible «tarea del traductor» (Benjamin), esto es lo que quiere decir asimismo «desconstrucción».

Si la desconstrucción tiene lugar en todas partes donde ello tiene lugar, donde hay algo (y eso no se limita, por lo tanto, al sentido o al texto, en el sentido corriente y libresco de esta última palabra), queda por pensar lo que ocurre hoy, en nuestro mundo y en la «modernidad», en el momento en que la desconstrucción se convierte en un motivo, con su palabra, sus temas privilegiados, su estrategia móvil, etc. No tengo una respuesta simple y formalizable a esta cuestión. Todos mis ensayos son ensayos que se explican con esta ingente cuestión. Constituyen tanto síntomas modestos de la misma como tentativas de interpretación. Ni siquiera me atrevo a decir, siguiendo un esquema heideggeriano, que estamos en una «época» del ser-en-desconstrucción, de un ser-en-desconstrucción que se habría manifestado o disimulado a la vez en otras «épocas». Este pensamiento de «época» y, sobre todo, el de una concentración del destino del ser, de la unidad de su destinación o de su dispensación (Schicken, Geschick) no puede dar nunca lugar a seguridad ninguna.

Para ser muy esquemático, diré que la dificultad de definir y, por consiguiente, también de traducir la palabra «desconstrucción» procede de que todos los predicados, todos los conceptos definitorios, todas las significaciones relativas al léxico e, incluso, todas las articulaciones sintácticas que, por un momento, parecen prestarse a esa definición y a esa traducción son asimismo desconstruidos o desconstruibles, directamente o no, etc. Y esto vale para la palabra, para la unidad misma de la palabra desconstrucción, como para toda palabra. De la gramatología pone en cuestión la unidad «palabra» y todos los privilegios que, en general, se le reconocen, sobre todo bajo la forma nominal. Por consiguiente, sólo un discurso o, mejor, una escritura puede suplir esta incapacidad de la palabra para bastar a un «pensamiento». Toda frase del tipo «la desconstrucción es X» o «la desconstrucción no es X» carece a priori de toda pertinencia: digamos que es, por lo menos, falsa. Ya sabe usted que una de las bazas principales de lo que, en los textos, se denomina «desconstrucción» es, precisamente, la delimitación de lo onto-lógico y, para empezar, de ese indicativo presente de la tercera persona: S es P.

La palabra «desconstrucción», al igual que cualquier otra, no posee más valor que el que le confiere su inscripción en una cadena de sustituciones posibles, en lo que tan tranquilamente se suele denominar un «contexto». Para mí, para lo que yo he tratado o trato todavía de escribir, dicha palabra no tiene interés más que dentro de un contexto en donde sustituye a y se deja determinar por tantas otras palabras, por ejemplo, «escritura», «huella», «différance», «suplemento», «himen», «fármaco», «margen», «encentadura», «parergon», etc. Por definición, la lista no puede cerrarse, y eso que sólo he citado nombres; lo cual es insuficiente y meramente económico. De hecho, habría que haber citado frases y encadenamientos de frases que, a su vez, determinan, en algunos de mis textos, estos nombres.

¿Lo que la desconstrucción no es? ¡Pues todo!

¿Lo que la desconstrucción es? ¡Pues nada!

Por todas estas razones, no pienso que sea una palabra afortunada. Sobre todo, no es bonita. Ciertamente ha prestado algunos servicios en una determinada situación. Para saber cómo se ha impuesto en una cadena de sustituciones posibles, pese a su esencial imperfección, habría que analizar y desconstruir esa «determinada situación». Resulta difícil y no lo haré aquí.

Sólo una palabra más para terminar cuanto antes, pues esta carta resulta ya demasiado larga. No creo que la traducción sea un acontecimiento secundario ni derivado respecto de una lengua o de un texto de origen. Y, como acabo de decir, «desconstrucción» es una palabra esencialmente reemplazable

dentro de una cadena de sustituciones. Esto también puede hacerse de una lengua a otra. Lo mejor para (la) «desconstrucción» sería que se encontrase o se inventase en japonés otra palabra (la misma y otra) para decir la misma cosa (la misma y otra), para hablar de la desconstrucción y para arrastrarla hacia otra parte, para escribirla y transcribirla. Con una palabra que, asimismo, fuera más bonita.

Cuando hablo de esa escritura de lo otro que seria más bonita, me refiero, evidentemente, a la traducción como el riesgo y la suerte del poema. ¿Cómo traducir «poema», un «poema»?

[...] Con mi más sincero y cordial agradecimiento.

Jacques Derrida