En 1957, un grupo de enfermeras entró al Hospital Aliabad de Kabul (Afganistan) sin velo. Las encabezaba una mujer de 26 años, médica, marxista y absolutamente consciente de lo que estaba haciendo. Ese gesto, pequeño en apariencia y gigantesco en contexto, resume bastante bien quién fue Anahita Ratebzad.
Nacida en 1931 en Guldara, provincia de Kabul, Ratebzad creció sin padre, exiliado en Irán por defender las reformas modernizadoras de Amanullah Khan y muerto allá, lejos, en el destierro. Esa ausencia, esa pobreza temprana, no la paralizó. Estudió enfermería en la Universidad Estatal de Michigan, volvió a Afganistán, se matriculó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Kabul en 1957 y se graduó en 1963, en un país donde eso era, para una mujer, algo cercano al milagro.
Pero la medicina era solo una parte. La política era la otra, y en esa no tenía intención de quedarse en el margen.
En 1964 fundó la Organización Democrática de Mujeres Afganas, que, a diferencia de muchas organizaciones del período, no tenía financiamiento extranjero ni una ideología impuesta desde afuera: era mujeres intelectuales afganas trabajando por sus propios derechos, por iniciativa propia. Al año siguiente, en 1965, se convirtió en una de las primeras cuatro mujeres elegidas al parlamento afgano en toda la historia del país. Ese mismo año ayudó a fundar el Partido Democrático Popular de Afganistán, adhiriéndose a la facción Parcham.
Era también, inevitablemente, una figura enormemente incómoda. Sus posiciones sobre derechos de las mujeres, su marxismo declarado, su vida personal que no pedía permiso ni se disculpaba, la convirtieron en blanco constante de la sociedad conservadora afgana. Estaba casada desde los 15 años, en compensación por facturas médicas según algunas fuentes, con un cirujano que no aprobaba ninguna de sus actividades políticas. Se separaron de facto en 1973. Nunca se divorciaron formalmente, pero vivieron vidas completamente distintas.
Después de la Revolución de Saur de 1978, fue la única mujer en el gabinete post-golpe, como Ministra de Asuntos Sociales. Cuatro meses después, los equilibrios internos del PDPA la enviaron como embajadora a Yugoslavia, convirtiéndose en la primera mujer embajadora de su país. Cuando volvió, tras la invasión soviética, fue Ministra de Educación y Vicepresidenta del Consejo Revolucionario. En 1980. En Afganistán.
El poder no duró. Cuando Najibullah reemplazó a Karmal en 1986 e intentó limpiar la imagen marxista del gobierno, Ratebzad fue removida de todos sus cargos. Aguantó en Afganistán hasta 1992, huyó de los enfrentamientos de los Muyahidines, vivió en Bulgaria, pidió asilo político y murió en Lünen, Alemania, en septiembre de 2014, a los 82 años, de insuficiencia renal. Sus restos fueron llevados de vuelta a Kabul.
Pues eso. Una mujer que cruzó un hospital sin velo en 1957 y terminó siendo vicejefa de estado. Algo que algunos constructores de relatos históricos, como decíamos en otro post, tampoco terminan de tomar en cuenta.


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