8 de diciembre de 2019

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Precursores de la antropología criminal



Articulo original en la revista Gazeta de Antropología
Precursores de la antropología criminal
Precursors of the criminal anthropology


RESUMEN
A finales del siglo XIX aparece en España la antropología criminal de la mano del krausismo que sintetiza los dos paradigmas hegemónicos del momento, a saber, el positivismo y el evolucionismo. Fueron naturalistas, médicos y juristas los que se interesaron en dilucidar cuestiones como la animalidad del ser humano y la particularidad de sus atributos a la hora de comprender el comportamiento humano. En este entorno científico, prestaremos especial atención a los estudios sobre el ambiente social de los delincuentes realizados por Rafael Salillas y su labor institucionalizadora de la antropología criminal. En el siglo XX, nos centraremos en las aportaciones realizadas por Julio Caro Baroja para fijar el estatuto epistemológico de esta disciplina.

ABSTRACT
In the late nineteenth century in Spain the criminal anthropology emerged from Krausism, which synthesised the two hegemonic paradigms of the time, namely Positivism and Evolutionism. Naturalists, doctors, and lawyers were interested in elucidating issues such as the animality of the human being and the particularity of its attributes in understanding human behaviour. In this scientific sphere, we pay special attention to studies made by Rafael Salillas on the social environment of criminals and his institutionalizing work of criminal anthropology. In the 20th century we focus on the work of Julio Caro Baroja to set the epistemological status of this discipline.

PALABRAS CLAVE
antropología criminal | Julio Caro Baroja | Rafael Salillas | delincuente | estatuto epistemológico | antropología social
KEYWORDS
criminal anthropology | criminal | epistemological status | social anthropology


Introducción
Resulta curioso comprobar la falta de interés que la antropología criminal tiene en la actualidad a pesar de que en los inicios de las investigaciones antropológicas en España a finales del siglo XIX, esta denominación junto con la antropología pedagógica, la artística, la militar, la de las clases pobres y otras eran más frecuentes que la de “antropología social”, aunque esto no significa que los intelectuales españoles de la época no se preocuparan por los problemas característicos de nuestra disciplina. Ha sido el impulso académico y el interés por la relación entre crimen y cultura lo que nos ha obligado a recuperar este campo olvidado de la Antropología. En esta contribución pretendo bucear en los orígenes de la antropología criminal española. Tomaré como hilo conductor las propuestas de don Julio Caro Baroja, las aportaciones que ha realizado a la configuración del estatuto epistemológico de la antropología social en general, y de la antropología criminal en particular. También me centraré en los antecedentes de ésta última y la situación de los estudios realizados en éste ámbito en España, con especial atención a don Rafael Salillas Panzano. Me centro en estos dos autores porque en ellos podemos encontrar las bases teóricas de esta rama de nuestra disciplina que tanto interés suscita en nuestros días. Comenzaré exponiendo las aportaciones de Caro Baroja.

1. Aportaciones de Caro Baroja al estatuto epistemológico de la antropología
Una de las influencias que don Pío Baroja ejerció sobre su sobrino Julio fue descubrirle el mundo del idealismo kantiano que se erige en eje fundamental de su prolífica obra. En la conferencia dictada en la Fundación Juan March el 29 de noviembre de 1988 titulada “Antropología criminal, física, social y cultural”, don Julio desarrolla la definición de antropología que ofrece Kant y a la que se refiere como una teoría del conocimiento del hombre formulada de manera sistemática con dos grandes ámbitos de aplicación; la antropología física, considerada como una rama de la biología, y en la que el gran filósofo alemán desarrolló los principios de la antropometría y de la antropología de los grupos sanguíneos. Y la antropología práctica y pragmática que estudia los caracteres de los pueblos, de las naciones y de los hombres y que Kant considera que se puede ilustrar con una cantidad sensible de fuentes, en sentido amplio de la palabra. Caro Baroja resalta esta última aportación del filósofo alemán y analiza la conveniencia para la antropología de recurrir a la historia universal de los pueblos «a lo largo del tiempo y del espacio» para comprender los problemas antropológicos.
La importancia que otorga al tiempo se materializa en la defensa de la incorporación de la historia a los estudios de antropología. De ahí su desilusión hacia la antropología estructuralista-funcionalista tanto de la antropología social inglesa como de la cultural norteamericana, que conoció entre los años 1930 y 1936, (Tylor, Frazer, Lowie, Goldenweiser, Radcliffe-Brown, Evans-Pritchard y Boas) por considerarla excesivamente sincrónica e insuficiente para el enfoque que él quería infundir a sus investigaciones, en las que esa visión sincrónica no podría desligarse del análisis de aspectos diacrónicos de la sociedad objeto de estudio. Este alejamiento de las directrices imperantes en la época, dentro de la antropología, motivó que él mismo se considerara más historiador social que etnólogo o antropólogo.
Por lo que al espacio se refiere, como muy bien expone Greenwood, Caro Baroja:
“nos sugiere que las manifestaciones espaciales de la sociedad no son sólo construcciones pasivas del hombre. En primer lugar, la forma que una localidad toma al fundarse es una expresión de las condiciones naturales y sociales del lugar y de los modelos culturales de los habitantes. Por otro lado una vez empezada esta dimensión espacial, relativamente inmutable por un periodo de tiempo, es un espacio organizado dentro del cual uno nace, vive y muere; del cual la vida social hereda ciertos matices. Ni tampoco termina aquí porque los efectos recíprocos de la dimensión espacial y las constantes adaptaciones culturales hechas por los habitantes hacen que el espacio sea a la vez expresión y componente del sistema cultural. (…) El arreglo espacial puede ser a la vez una expresión de la cultura y la fuerza transgeneracional que gravita sobre la vida social de la gente que lo habita” (Greenwood 1982: 233).
La necesidad de articular las investigaciones antropológicas dentro del complejo “cronotopo” sigue estando vigente en la actualidad y su consecución se alcanza, tras la revisión bibliográfica pertinente, haciendo uso de la observación, en primera instancia y, posteriormente de la observación participante, cuando el contexto así lo aconseje.
Cuando Caro Baroja asume la orientación kantiana de consultar una cantidad sensible de fuentes, se refiere, no sólo a la consulta de investigaciones de otras disciplinas, como la literatura en sus diferentes manifestaciones, y los libros de viaje que nos ofrecen conocimientos universales, sino recurrir a lo que él llama “fuentes primarias” que son los archivos, las actas notariales, las sentencias judiciales y todo tipo de materiales (Castilla Urbano 1989: 283). Pero no sería suficiente rastrear la historia oficial o “historia grande”. Al igual que Boas asume la conveniencia de revisar las biografías, no de hombres ilustres, sino de los hombres típicos, lo que Herbert Luethy (1955) llama “historia chica que investiga la vida de las masas en las ciudades y en el ámbito rural, los cambios que han sufrido y los cambios que ellos han iniciado. Demuestra que todas las gentes actúan en la historia. Aceptan y rechazan innovaciones, acatan o se resisten a las incursiones del estado en sus asuntos locales y, sobre todo, participan en el proceso histórico, aunque sea con una capacidad distinta a la de los reyes, políticos, generales, burócratas, etc. (…) la historia chica nos enseña la necesidad de separar la interpretación urbana de la historia de los procesos históricos mismos” (Greenwood 1982: 231). El antropólogo accede a los datos de la “historia chica” no sólo a través de documentos, sino haciendo uso de una de las técnicas del trabajo de campo, como es la entrevista en sus diferentes modalidades.
Denuncia don Julio que hayan colegas que no reconocen la necesidad de consultar estas fuentes y que sustenten sus investigaciones en la observación de una comunidad con “sus propios ojos, en un aquí y un ahora muy concreto” y que sea esta su seña de identidad disciplinar. Concretamente dice que la “distinción de lo observado de una manera o de otra, puede tener cierta importancia en algunos casos, pero para problemas de gran entidad resulta una cosa falaz y de todas maneras ha influido bastante en la antropología como asignatura”. Posiblemente, esta carencia que denuncia don Julio, la falta de una aproximación interdisciplinar a los temas investigados, pudo ser la causa de que durante el siglo XX y hasta la actualidad, la antropología criminal no haya sido de interés para los antropólogos a diferencia de lo que sucedió en el último cuarto del siglo XIX, donde naturalistas, médicos y juristas se interesaban en dilucidar cuestiones como la animalidad del ser humano y la particularidad de sus atributos a la hora de comprender el comportamiento humano.
En el siglo XXI cualquier investigación antropológica debe asumir la exigencia epistemológica de ser un saber global, y de estudiar al hombre como un todo desde una aproximación holística, que presupone una investigación documental interdisciplinar, tanto audiovisual como escrita y que en el caso de la antropología criminal supone para el antropólogo la aproximación a disciplinas tan diferentes de la nuestra como las neurociencias con sus avances en neuroimágenes, la endocrinología con sus investigaciones sobre la influencia de las hormonas en el comportamiento humano e incluso la genética con los resultados sobre anomalías en los genes que se manifiestan en determinadas acciones. Todo ello sin perder de vista el ámbito jurídico donde radica la validez y reconocimiento de las pruebas y el de las ciencias criminalísticas, en las que se estudia la intencionalidad de las acciones.
A las tres grandes orientaciones de la antropología en general, esto es, la antropología filosófica, cuyo fundador, Kant, se ocupa de estudiar qué es el hombre y cómo debe desarrollar su vida en el mundo basándose en el propio sujeto y no en una entidad trascendente. La antropología socio-cultural o social, propuesta por Tylor, que consistiría en el estudio de los seres humanos a través del análisis comparativo de las culturas, y la antropología biofísica, sustentada por Darwin, y que trataría de estudiar la transformación evolutiva de las especies y con ellas del hombre para reflexionar sobre el puesto del hombre en el universo, su estructura y su destino. En este marco teórico se sitúa Caro Baroja (Álvarez Munárriz 2011: 425) y en el cual propone una cuarta dimensión de la antropología, que es la antropología criminal en la que se manifiesta ese afán por unir humanismo, antropología e historia para conseguir una visión total del hombre, aspecto éste en el que observamos la influencia de su tío Pío Baroja.
La definición de antropología como el estudio de la naturaleza y el sentido del hombre con categorías específicas plantea el binomio central de nuestra disciplina que consiste en, a través de la naturaleza, dilucidar el problema de la unidad humana, y a través del sentido de lo humano, analizando el comportamiento humano y los productos del hombre, llegar a explicar la diversidad humana. Es el afán por entender los problemas universales de los hombres lo que vertebra su obra. En esta línea estaría la propuesta epistemológica de don Julio para la antropología criminal. Considera el crimen como un universal cultural que manifiesta una gran variabilidad según las distintas culturas y la naturaleza de los pueblos. Así pues, la antropología criminal debe ocuparse de dilucidar “qué es el crimen y qué concepto se tiene de él según sociedades y culturas. Y no sólo hoy y aquí, sino también ayer, porque si el universal es válido, lo es para hoy, para ayer y para mañana” (1988a, 23: 17). Esta misma concepción ya la propuso en el capítulo XII dedicado a la antropología criminal, cuando expone que “Las sociedades (religiosas, metafísicas o positivas) han poseído siempre la noción de que existe un conjunto de hechos que se agrupan bajo el nombre de crimen. Los hechos criminales, sin embargo, varían tanto que es muy difícil dar una definición de qué cosa es el crimen mismo a la luz de la historia: porque ya los griegos y los romanos observaron que, según distintas sociedades, habían actos distintos que en unas se consideraban crímenes y en otras no” (Caro Baroja 1985: 147).
Para precisar el concepto de crimen recurre a la definición etimológica que aparece en el Diccionario de autoridades, que en su acepción latina, fundamentada en textos jurídicos del siglo XVI refiere a los términos de delito, culpa, trasgresión considerable de alguna ley o pragmática de determinada estructura social, sea del estado, el municipio, etc. “En latín la idea del crimen presupone una idea de culpabilidad, en relación no sólo con los hombres. En el politeísmo griego y romano, la idea de culpa se aplica a los dioses. Hay culpas de dioses, hay culpa de animales, hay, hasta culpa de objetos. Se extendía a un mundo animado, inanimado y sobrenatural” (1988a, 25: 56). La acepción española de crimen es más restrictiva y sólo se aplica a seres humanos. Por tanto el concepto de crimen que según Caro Baroja debe asumir la antropología criminal es el que refiere a la culpa, al delito, a las trasgresiones de leyes establecidas y al castigo correspondiente. Confiere especial interés a las culpas y los delitos, sobre los castigos. Relacionado con estos conceptos centrales propone analizar el concepto de terror, estudiado tanto en las sociedades primitivas como en las históricas donde se ha comprobado la existencia de asociaciones, sobre todo juveniles, que utilizaban determinados elementos formales, para infundir el terror en el resto de la sociedad y llegar a controlarla completamente.
En su afán por aportar una base teórica sólida a esta nueva orientación antropológica, y sustentar el concepto central de la misma, el crimen, se remonta a Las leyes de Platón, en donde el gran filósofo griego “compara al magistrado y al que vigila las acciones criminales con un médico. Hay una relación entre la enfermedad del hombre individualmente considerado y la actuación de la magistratura. Es una debilidad humana. Es algo que también puede estar relacionado con leyes de herencia” (1988a, 28: 04). Para Platón hay una criminalidad hereditaria, del padre, del abuelo, del bisabuelo, una herencia del mal. En línea con las teorías que en el siglo XIX propone Lombroso, ya se plantea aquí la dicotomía que la antropología biocultural pretende analizar sobre la naturaleza y la cultura y que Caro Baroja resuelve diciendo que “hay que estudiar las circunstancias, la voluntariedad mayor o menor, la asignación del ánimo, situaciones de cólera irreprimible, premeditación” (1988a, 31: 09), pretende, por tanto, desactivar el determinismo biológico que había primado en las primeras etapas de la antropología criminal. Se afana en registrar cualquier expresión del hombre que trata de vivir una vida finita y frágil dentro de un mundo complicado y peligroso (Greenwood 1982: 237). En su reivindicación epistemológica de incorporar al estudio del crimen aspectos socioculturales, considera que en el análisis del Derecho Penal que lleva a cabo Platón resulta relevante la distinción de la pena y del grado de ella según sea el criminal, un hombre libre o un esclavo, y según su género. Se podría hablar de una tipología del crimen atendiendo a su estructura social.

2. Antecedentes de la antropología criminal
En la articulación teórica de la antropología criminal influyen los dos paradigmas hegemónicos de finales del siglo XIX y principios del XX, a saber, el Positivismo y el Evolucionismo. Tras el descubrimiento de “otros mundos”, cundo ya se había tenido contacto con otro pueblos y otras formas de vida radicalmente diferentes de la cultura europea, se perfilan dos grandes corrientes en la antropología, “la que insiste en el relativismo social y cultural y la que, deseosa de establecer las normas de la sociedad ideal, se refiere al “salvaje” en una interpretación de la evolución humana” (Mercier 1979: 163). Caro Baroja se refiere a la conferencia que en 1873 dictó Augusto González de Linares acerca de las teorías evolutivas de Darwin y de Haeckel, en la que insistía en que el transformismo de las especies y la evolución cósmica en general, no era una teoría científica, sino la ciencia misma y, por tanto, “la única racionalmente admisible en el sistema novísimo de los conocimientos humanos”, al tiempo que insistía en la idea de que el hombre era el último eslabón en la cadena evolutiva de los antropoides (Caro Baroja 1977: 273-277).
El paradigma evolucionista empieza a extenderse y consolidarse a partir de 1830 y la consecuencia más inmediata en la antropología consiste en ir desligándose de su fundamentación filosófica hacia una configuración más científica, asumiendo así el otro gran paradigma, el positivista. La aplicación de éste al estudio de los fenómenos sociales, en general, y al comportamiento humano, en particular, supone asumir unos instrumentos y unas técnicas cuantitativas que se estipulan como fundamentales y eficaces para el estudio del mundo físico, conformando así una “física social”. En España, la influencia positivista se extiende a mediados del siglo XIX, sobre todo en los círculos universitarios, a través de la filosofía krausista que propugnaba una concepción organicista de la sociedad, en la que las instituciones sociales eran consideradas como órganos de una gran organismo, que sería la sociedad civil, la cual era capaz de producir normas, de ahí el interés que suscitó esta filosofía en las disciplinas jurídicas (Gil Cremades 1969: 183 ss).
Caro Baroja recoge la influencia que Auguste Comte tuvo en la antropología criminal a partir de la formulación de su “ley” “respecto al desenvolvimiento mental de la Humanidad, conforme a la cual determinaba la existencia de una primera fase, dominada por concepciones y creencias religiosas; a ésta le seguía otra, la segunda, que era la metafísica, y por último venía la tercera, la liberadora, en la que imperaba o debía imperar el conocimiento positivo, es decir el fundado en los “hechos”: la fase científica” (Caro Baroja 1985: 146). Definir conceptualmente qué entendemos por “hechos”, fundamentar metodológicamente la neutralidad del observador y descubrir las leyes subyacentes de la acción humana, constituyen el fundamento teórico y metodológico de la antropología criminal. Don Julio expone que en esta disciplina no se cumple la ley comtiana, porque como puede verse a través de un análisis histórico, todas la sociedades, tanto las religiosas, como las metafísicas o positivas, “han poseído siempre la noción de que existe un conjunto de hechos que se agrupan bajo el nombre de crimen” y como aclara más adelante, el quid de la cuestión está en que la antropología criminal “en vez de considerar como “hecho positivo” y directo el crimen en sí mismo, tal y como lo podían estudiar filósofos y juristas en tiempos (Wyndham, Beccaria), piensa que el objeto directo y fundamental de su investigación es el “criminal”: el hombre como tal” (Caro Baroja 1985: 147-148). Esta concepción de la antropología criminal es la que defiende Cesare Lombroso (1835-1909), al que se le considera el fundador del positivismo biológico y de la escuela criminalista italiana.
El conocimiento que Caro Baroja tiene de la obra de Lombroso pone de manifiesto de nuevo la influencia intelectual que su tío Pío tuvo en la formación de su pensamiento, siendo éste un claro admirador de la escuela criminológica italiana. Don Julio analiza la obra más famosa de éste autor, L’uomo delincuente, publicada en 1876 y donde establece una embriología del crimen, en la que empieza examinando ciertos comportamientos de tendencia criminal en plantas y animales, para siguiendo la escala natural, llegar hasta el hombre, donde estudia, siguiendo el esquema evolutivo, el crimen y la prostitución en los salvajes, los principios del Derecho Penal en los pueblos más primitivos hasta llegar a otros más evolucionados, e incluso dedica un capítulo a la locura moral y al crimen infantil. De ahí, que como destaca don Julio en la conferencia dictada el 5 de diciembre de 1988, se pueda decir que Lombroso establece “tres categorías de personas que pueden considerarse paralelas en el estudio antropológico, el criminal con caracteres biológicos, el salvaje-primitivo, y, comparando la mentalidad del criminal y el salvaje con el niño y sus tendencias a la locura y a la perversión. En último lugar podría hablarse de un cuarto protagonista que sería el loco” (1988c, 24: 22). Los términos deterministas en los que se expresa el lombrosianismo establecen una clara homologación entre el monstruo criminal con el loco, el revolucionario político y cierto tipo de artista bohemio. El esquema de equivalencias que trazaba consistía en identificar los antisociales con el criminal, los extrasociales con el enajenado y los suprasociales con el hombre de genio, conformado un círculo que dejaría como figura central, al hombre “normal”, legitimando así la estructura de poder.
También formula el concepto de “criminal atávico”, tras realizar un examen craneométrico, otro de las anomalías craneanas, de las viscerales y del esqueleto, o dicho de otro modo, después de realizar estudios antropométricos y fisionómicos, que le llevan a concluir que el delincuente representa una regresión a estados evolutivos anteriores, caracterizándose su conducta por ser innata. Este criminal atávico manifestaría una serie de estigmas físicos o anomalías, como por ejemplo, el excesivo desarrollo del cerebelo, asimetría del rostro, dentición anormal, y la característica más atávica sería “una fosa occipital semejante a la de los vertebrados superiores en vez de la cresta normal en los hombres” (Caro Baroja 1985: 149). Lombroso, por tanto, abandona las interpretaciones del delito con base en lo social para centrarse en analizar los aspectos individuales de la conducta criminal. El binomio propuesto “atavismo o enfermedad” supone la estructura conceptual para establecer el diagnóstico de toda disfuncionalidad social que permita la intervención del poder establecido. Como reconocen Taylor, Walton y Young, citando a Lindesmith y Levin: “lo que Lombroso hizo fue invertir el método de explicación habitual desde la época de Guerra y Quetelet, y, en lugar de sostener que las instituciones y las tradiciones determinaban la naturaleza del criminal, sostuvo que la naturaleza del criminal determinaba el carácter de las instituciones y las tradiciones” (Taylor, Walton y Young 1990: 56). Para don Julio, “la concepción totalizadora antropológica lombrosiana planteaba grandes problemas jurídicos y filosóficos, dado que la responsabilidad y el determinismo parecían estar en juego, aunque Lombroso (que en esto recibió el apoyo de Taine) no creía que aquellos fuesen términos irreconciliables” (Caro Baroja 1985: 153).
Caro Baroja considera que la aportación de Lombroso es antropológica “porque extendió más sus investigaciones y, por una parte, estudió a los hombres de genio, destacando el hecho de que, en gran proporción, también presentaban caracteres patológicos y degenerativos y dada la situación política e ideológica de la época, realizó estudios acerca de los anarquistas y de sus características orgánicas, así como la de otros criminales políticos” (Caro Baroja 1985:153). Esta última ampliación de las investigaciones lombrosianas también está sujeta a críticas, tanto por el tratamiento estadístico, que se presta a muchas manipulaciones, como por el análisis conceptual, ya que su definición de genio era oscura y discutible, así como su argumento fisionómico y su concepto de criminal. Nuestro autor reconoce la importancia del movimiento poslombrosiano que se genera a partir de sus investigaciones y que tiene como referentes destacados a Raffaele Garofalo (1851-1934) y Enrico Ferri (1856-1929) que “aceptaban la existencia de individuos con predisposiciones e instintos criminales en términos lombrosianos: pero hacían más énfasis también en la importancia del medio social” (Caro Baroja 1985: 156).
Ferri analiza factores biológicos, sociológicos y ambientales para elaborar su teoría, según la cual hay variación en la predominancia de unos u otros al explicar las causas del crimen. Mantenía que en relación a las causas ambientales, hay un aumento de ciertos delitos directamente relacionado con el aumento de las temperaturas propias de los meses del año y también observa mayor criminalidad, de cierto tipo, en los países cálidos (Enrico Ferri 1899). Un último representante de este movimiento poslombrosiano al que se refiere nuestro antropólogo, es Alfredo Nicéforo que en su obra L’Italia barbara contemporanea, estudia las grandes diferencias que existen entre el norte y el sur de Italia y mantiene en el mediodía o mezzogiorno existían la miseria y la pobreza, que se sustentaban en el aislamiento geográfico, el analfabetismo, el latifundio, la organización feudal, la superstición y residuos o atavismos debidos a la actuación de árabes y españoles de siglos anteriores. En este contexto se explicaban hechos como el bandolerismo, la existencia de asociaciones secretas o semisecretas de malhechores, como la mafia, la camorra, la vendetta y otros crímenes. (Nicéforo 1899: 45-60). Como señala Maristany:
“Advertimos cierta capacidad camaleónica bastante típica de éstos autores, una estrategia que les permite orillar en ocasiones los puntos más conflictivos y contestados, como los métodos extremosamente ‘medievales’ de defensa social propugnados por Garofalo, una defensa no precisamente ‘piadosa y sin odio’, según pretendía presentarla Ferri; pero sobre todo advertimos la evidente inconsecuencia de sugerir una etiología más social que biológica para los ‘anormales evolutivos’ cuando en el fondo, en el cuerpo de la doctrina, los factores sociales quedaban relegados a un simple y secundario papel entre las llamadas causas ‘externas’” (Maristany 1973: 364).
Don Julio destaca que a finales del siglo XIX y principios del XX se constata la existencia de unos “hechos criminales” que presentan regularidad de existencia en las sociedades y esta consideración lleva a plantear el crimen como algo socialmente normal, destacando la influencia del medio social y cultural sobre él. La importancia de lo social, adquiere especial relevancia en la otra gran Escuela que surge en Francia y que tiene como fundador a Gabriel Tarde (1843-1904) que estudia las relaciones entre individuos y el efecto de la imitación en el crimen. En su obra publicada en 1890 Les lois de l’imitation, critica con fuerza el Evolucionismo cultural por utilizar datos aislados de los pueblos primitivos y por que los evolucionistas planteaban unos principios de racionalidad indiscutibles, frente a lo que él argumenta que la sociedad de los pueblos históricos, civilizados está llena de prácticas, leyes, costumbres y actividades políticas que nadan tiene de racional y que no se diferencian en calidad de las que se atribuyen a los pueblos primitivos. Para este autor lo irracional, lo gregario existe siempre. Don Julio atribuye a Tarde la elaboración de un sistema de Filosofía Social que, “con razón, ha podido compararse a la dialéctica hegeliana: se trata de una secuencia que va de la invención a la repetición, luego al conflicto y, al fin, la adaptación” (Caro Baroja 1985:109). Considero de total actualidad la idea del investigador francés de que toda sociedad vive en estado permanente de “imitación”, que es un estado no racional y que se fundamenta en el prestigio, la costumbre y la moda. Tarde asume el difusionismo y mantiene que las cosas se difunden y se imitan con arreglo a leyes que no son intelectuales y utilitarias de modo estricto.
Durkheim, analiza el delito respecto a su situación social y no atribuye importancia al factor individual. Como él mismo dice:
“el delito no se observa solamente en la mayoría de las sociedades de tal o cual especie, sino de las sociedades de todos los tipos. No hay una en la que no haya criminalidad. Ésta cambia de forma, los actos así calificados no son en todas partes los mismos; pero en todos los sitios y siempre ha habido hombres que se conducían de forma que atraían sobre ellos la represión penal. Si al menos, a medida que las sociedades pasan de los tipos inferiores a los más elevados, el índice de criminalidad, es decir, la relación entre la cifra anual de los delitos y la de la población, tendiese a bajar, se podría creer que, aún siendo todavía un fenómeno normal, el delito tendía, sin embargo, a perder su carácter. Pero no tenemos ningún motivo que nos permita creer en la realidad de la regresión. Antes bien, muchos hechos parecen demostrar la existencia de un movimiento en sentido inverso. (…) Por tanto, no hay fenómeno que presente de manera más irrecusable todos los síntomas de normalidad, puesto que aparece estrechamente ligado a las condiciones de toda vida colectiva. Hacer del delito una enfermedad social sería admitir que la enfermedad no es una cosa accidental, sino, por el contrario, una cosa derivada en ciertos casos de la constitución fundamental del ser vivo” (Durkheim 1982: 92).
Lo que se puede deducir de esta cita es que para éste sociólogo, cualquier grupo de personas establecen una serie de acuerdos tácitos o explícitos sobre el desenvolvimiento del grupo y el incumplimiento de este código es considerado una trasgresión, la cual es un fenómeno generalizado en cualquier sociedad. Es ésta y no el individuo, la que crea unas “representaciones colectivas” (Vorstellung), que se imponen a aquel y que tienen dominio sobre todos los actos de la vida. El acto delictivo, por tanto, está vinculado básicamente al acto de transgredir y a esas “representaciones colectivas”.
En esta línea de concebir el delito como producto social, Montagu manifiesta que:
“Los crímenes y los criminales son producto de la sociedad, y a la vez, instrumentos y víctimas de la misma sociedad. La sociedad criminal y delincuente culpa de sus crímenes y delitos a los criminales y a los delincuentes y luego los castiga por los daños que, en la mayoría de los casos, la misma sociedad los indujo a cometer. Un crimen es lo que la sociedad escoge definir como tal. Algo que puede ser considerado como un crimen en una sociedad puede no serlo en otra. Pero sea lo que sea lo que una sociedad puede considerar como un crimen, todas las sociedades definen al crimen como un acto cometido en violación de una ley prohibitiva o un acto omitido en violación de una ley prescriptiva. De aquí que la sociedad sea la que define al criminal y no el criminal quien se define a sí mismo. Y sugiero aquí que casi invariablemente la sociedad es la que hace al criminal porque los criminales, en realidad, se vuelven tales, no nacen así” (Montagu 1970: 71).
Defiende que, en algunos casos, el delito debe ser entendido como una estrategia de supervivencia que se produce porque la sociedad no provee las condiciones necesarias para la seguridad de los individuos.
En nuestra sociedad, el hecho de haber sido delincuente o haber estado preso, es condición suficiente para ser marginado y estigmatizado, sin posibilidad de redención, a pesar de que haya un discurso que estipula lo contrario. En relación con este aspecto resulta esclarecedor el estudio que sobre el delito entre los indígenas de las islas Trobiand realizó Bronislaw Malinowski, en el que expone la existencia en esta comunidad, de una serie de mecanismos que permiten, además de restablecer el orden social, la redención plena, y no de palabra como ocurre en nuestra cultura, del sujeto que ha transgredido la ley de la comunidad. Uno de los mecanismos es la hechicería y el otro el suicidio. Éste último dispositivo extremo de redención es muy eficaz, porque permite conservar el buen nombre de la familia del sujeto. La muerte voluntaria del individuo, producida en un acto ritual público, es considerada como una demostración de la inocencia del sujeto. En cuanto a la hechicería, muy importante en las comunidades tribales, si una persona comete una trasgresión a la ley y se demuestra que ha actuado bajo la influencia de un embrujo mágico, esto es suficiente para garantizar su inocencia y la no estigmatización del individuo por parte de la comunidad (Malinowski 1985).

3. La antropología criminal en España
El precedente más cualificado de la antropología criminal en España, lo sitúa Andrés Galera Gómez (1994: 76) en Mariano Cubí y Soler (1801-1875) que intentaba demostrar, siguiendo las teorías de Gall, que la frenología no es sólo una ciencia empírica capaz de mostrar a través del análisis morfológico, las cualidades mentales del hombre, sino un sistema de “filosofía mental” para descubrir el alma del ser humano. Pero para comprender la relevancia que la antropología criminal ha tenido en nuestro país es preciso situarla en el ámbito del conocimiento dentro “del ambiente positivista creado a instancias del krausismo, en un espacio bien definido de la vanguardia intelectual de la época” (Gómez Pellón 2000: 284) y dentro de las distintas tradiciones antropológicas de la época como puede verse en el trabajo presentado por Elena Ronzón (1991). Por lo que se refiere al momento histórico habría que destacar la sensación de malestar, desmembración y crisis en la que vivía la sociedad española de finales del siglo XIX debida a la pérdida de Cuba y Filipinas y al brote de atentados anarquistas que generan una sensación de desencanto y pesimismo entre los intelectuales, como recoge Azorín en su Sociología criminal (citado por Álvarez Munárriz 1998: 82). En este contexto habría que situar el éxito cosechado por la escuela criminalista italiana que utiliza un lenguaje aséptico, supuestamente imparcial y prestigioso para ofrecer una explicación biológica, aparentemente científica, del malestar social de la época. Además los lombrosianos se hacían oír, eran hábiles comunicadores que trasladaban al ámbito periodístico y divulgativo su doctrina y que aceptaban con naturalidad las críticas, tras las que reformulaban sus teorías para hacerlas más aceptables, pero sin modificar lo sustancial. “Tal vez, en ese estilo casual, periodístico y poco riguroso, que les supuso impunemente saltar de un campo a otro, haya que cifrar parte de su éxito” (Maristany 1973: 364). En esta línea se sitúa Andrés Hurtado, el protagonista de El árbol de la ciencia de Pío Baroja, cuando dice textualmente “los bazares de la ciencia de los Lombroso y los Ferri, de los Fouillée y de los Janet, le produjeron mala impresión” (Baroja 1947: 465)
Más de una década antes de que Lombroso publicara su L’uomo delincuente, don Pedro González de Velasco cimenta los estudios de la antropología física siguiendo el modelo que en Francia propone Paul Broca. En 1865 funda la Sociedad Antroplógica Española, en 1874 crea la Revista de Antropología y un año más tarde inaugura el Museo Antropológico que llevó su nombre. El Dr. Velasco logró aglutinar en sus iniciativas a numerosos médicos, naturalistas y estudiosos, que asumían una clara orientación étnica, como eran Ángel Pulido, Federico Olóriz, Antón Ferrandis, Telesforo de Aranzadi y Hoyos Sáinz. La labor rigurosa de la antropología científico-natural de estos autores contrasta con la ruidosa y pública de los italianos y su magisterio influyó en escritores noventayochistas como Unamuno y Baroja. Como sostiene Andrés Galera:
“La escasa y oscura labor que sobre antropología criminal tuvo lugar en la España del último tercio del siglo XIX, está definida por dos actitudes concretas y opuestas: en primer lugar, surge una posición crítica hacia la antropología criminal, que se manifiesta en los trabajos de abogados y jurisconsultos como Félix de Aramburu, Dorado Montero, Bernaldo de Quirós y Concepción Arenal, principalmente. Y en segundo lugar la tarea institucionalizadora realizada por Rafael Salillas. Es aquella una crítica constructiva, que pretende primero testimoniar y después combatir” (Galera Gómez 1986: 84).
Por otra parte, antropólogos como Olóriz y Aguilera (1855-1912), Ferrándiz (1849-1929) y Hoyos Sáinz (1868-1951) se distanciaron del interés de Salillas por la antropología criminal, posiblemente, para centrarse en la consolidación de la antropología física como disciplina (Galera Gómez 1994: 77). A pesar de este distanciamiento podemos rastrear una incipiente colaboración basada en la coexistencia de los antropólogos trabajando en sus distintas ramas (incluyendo la antropología criminal de corte italiano) que coinciden en la Escuela de Estudios Superiores creada por el Ateneo de Madrid en 1896 y en la que dieron cursos, el profesor Antón de antropología general y etnografía, el Dr. Olóriz de antropología física y el Dr. Salillas de antropología y sociología de los criminales.
El Ateneo madrileño se conformó como una importante plataforma de difusión científica, dando cabida a diferentes orientaciones, que se enzarzaban en discusiones entre médicos y magistrados sobre la locura del criminal, y la responsabilidad, en tal caso de éste. Los alienistas sustentaban sus argumentos en los principios de la frenología clásica, actualizados por el frenópata belga Guislain, cuya obra Lecciones orales sobre las frenopatías o Tratado teórico y práctico sobre las enfermedades mentales fue de vital importancia para las consideraciones de los doctores Esquerdo, Pulido y Salillas a la hora de dictaminar sus diagnósticos en los que había una clara influencia lombrosiana, aunque no siempre se hacía explícita (Álvarez-Uría 1983). En 1888 Salillas pronuncia una conferencia sobre la “Antropología en el derecho penal” que supone la primera exposición de interés en España de las teorías lombrosianas. Salillas era Secretario de la Sección de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Considera José Luis Peset que la escuela criminalista italiana representa la consolidación del positivismo jurídico en la que “el médico pasó de testigo cualificado a colaborador del jurista ante los tribunales, con Lombroso se marcará el momento en que se impuso como maestro del derecho. En la actividad forense de los frenópatas españoles estamos todavía lejos, si bien en el camino, de alcanzar tales metas de médico-legista” (Peset 1983: 84).
Entre 1901 y 1902, Salillas, Bernaldo de Quirós y Puyol coordinaron una encuesta, sugerida por Joaquín Costa, promovida por la Sección de Ciencias Morales y Políticas del Ateneo, en la que recogían información acerca de las costumbres relacionadas con los grandes ritos de paso, antes de que A. Van Gennep publicara Los ritos de paso en 1908. Esta encuesta tuvo como resultado más de cuarenta mil fichas, que fueron consideradas por J. Foster como el “repertorio más abundante y valioso de los tiempos contemporáneos” (Lisón Tolosana 1977: 166). De esta encuesta Salillas obtiene los datos con los que publica en 1905 La fascinación en España (brujas, brujerías y amuletos). Tanto Aramburu, como Dorado Motero, Zuloaga, Concepción Arenal y el propio Salillas participan del krausismo “como doctrina que llevaba implícita una idea transformista, para mostrarse particularmente sensible ante las teorías del evolucionismo biológico y del evolucionismo social” (Gómez Pellón 2000: 280), pero sólo Salillas se interesa por estudiar el ambiente social de los delincuentes de manera científica aunque con una clara influencia de la escuela lombrosiana.
Si bien el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza (BILE) fue el primero en el que se publicó entre 1882 a 1887 cinco trabajos con temáticas antropológico-criminal, en los que se analizaba el delito y el delincuente (Galera Gómez 1994: 78), fue la Revista de Antropología Criminal y Ciencia Médico Legales, fundada el 1888 en Valladolid por Ángel María Álvarez Taladriz (catedrático de Derecho de la Universidad de Álava), de carácter internacional y con una periodicidad mensual, la que constituyó la plataforma de difusión de la antropología criminal en España. Constancio Bernardo de Quirós realizó una intensa labor de traducción de obras de Lombroso y de otros autores de la Escuela Antropológica Italiana, como Enrico Ferri y Alfredo Nicéforo, además de publicaciones individuales como Alrededor del delito y de la pena y colectivas con José M. Llanas Aguilaniedo, La mala vida en Madrid (Madrid, 1901) en la que incorporan dibujos de Ricardo Baroja. Dorado Montero, próximo a Unamuno, que le aconseja el uso del trabajo de campo como la metodología más adecuada para aproximarse al entorno del delincuente, lo que le supuso adoptar una postura muy crítica respecto a la obra de Garofalo.
Rafael Salillas Panzano (1854-1923) médico y político ofrece en sus obras una visión profunda de la realidad del sistema penal español desde una perspectiva antropológica en la que combina lo biológico con lo radiológico, sin olvidar lo psicológico y a través de una metodología antropométrica. Considerado el máximo representante de la criminología española, Pío Baroja lo llama “el pequeño Lombroso”. Publica artículos en la Revista General de Legislación y Jurisprudencia, y a partir de 1891 en La Nueva Ciencia Jurídica, con una clara influencia krausista. En 1896 publica El delincuente español: el lenguaje, que junto con El delincuente español: Hampa (1898) y La teoría básica bio-sociológica en 1901 pretendía configurar una trilogía de un estudio antropológico de la delincuencia nacional. Galera Gómez mantiene que esta obra, “fuera de toda consideración antropológica de la delincuencia, se transforma en un tratado sociológico resultado de la comparación entre el organigrama estructural y funcional del cuerpo humano y su analogía al organigrama social” (Galera Gómez 1986: 87). La teoría criminológica de Rafael Salillas se encuentra claramente expuesta en el segundo de los libros de dicha trilogía. En él plantea el concepto de pobreza como categoría central de su análisis, a partir de la cual establece una fisiología de la nutrición en la que analiza la influencia del medio a través de los alimentos, en la población humana, dando lugar a una teoría nutritiva de la delincuencia. Los conceptos demográficos de nomadismo y sedentarismo se explican a través del acceso a los alimentos que necesita la población. El delincuente se sitúa en una estructura poblacional nómada. Equivalentes a estos conceptos, pero analizados desde una perspectiva de la nutrición interna, propone la generación y degeneración. “La carencia de alimento origina, en el desarrollo del individuo, una alteración del metabolismo que produce como resultado un estado degenerado, del que se deriva el delincuente” (Galera Gómez 1986: 94).
Para Rafael Salillas el delincuente es un nómada degenerado. Respecto a la degeneración la influencia del psiquiatra francés Morel a través de su obra Traité des dégénérences (1857) es innegable. La idea fundamental que analiza en esta obra es que la locura, el alcoholismo, y otras enfermedades, todas ellas recogidas por la antropología criminal, como claros exponentes de alteraciones hereditarias conducen inexorablemente a la extinción de la especie en pocas generaciones. Asumiendo esta interpretación, Salillas, clasifica la población humana en dos tipologías, una superior y otra inferir de degeneración. El tipo superior lo conforman aquella parte de la población que presenta anomalías multiplicativas, que desde el punto de visa del paradigma evolucionista, serían los más evolucionados y sería el grupo mayoritario. La tipología inferior, minoritaria, representa la fase de regresión evolutiva de la especie humana, sería la responsable de formas atávicas, transmitidas a través de procesos hereditarios. Esta vinculación entre la evolución de los individuos y la supervivencia de la especie son determinantes para Salillas a la hora de establecer los caracteres antropológicos del delincuente. Considera que la forma de vida y el medio son generadores de caracteres morfológicos propios. En lo que no reparó don Rafael fue en las consecuencias que tiene el degeneracionismo que como dice su tocayo Rafael Huertas:
“Era una teoría con visos de cientificismo, de bilogicismo, una teoría enmarcada en la ortodoxia científica del positivismo, que se ofrecía gustosa al poder, y que daba la posibilidad de medicalizar y patologizar determinados comportamientos sociales que se salían de la norma establecida. (…) los diagnósticos médicos dejaban de ser objetivos para convertirse en decisiones sociales (Huertas 1998: 657).
Por lo que se refiere al proceso hereditario de la degeneración, este autor plantea una teoría novedosa en la que distingue entre la transmisión genética de los caracteres innatos, que sería el patrimonio genético de la especie y la transmisión de caracteres adquiridos, que comprendería el patrimonio genético individual (Salillas 1894). Para Salillas el organismo, en su desarrollo intrauterino, recorre un camino similar al recorrido por su especie en su evolución, que se continúa en su vida extrauterina. Cada etapa evolutiva tiene una expresión génica propia, que se manifiesta en el estado morfológico en ese momento y que se convertiría en definitiva si se produce la detención del desarrollo.
“La transmisión hereditaria de la degeneración en una fase posterior a la formación morfológica del individuo, permite establecer la presunción de la existencia de una forma de degeneración no vinculada con la secuencia evolutiva (…), lo que sitúa el pensamiento de Salillas dentro de un positivismo sociológico del que posiblemente sea uno de los más claros exponentes” (Galera Gómez 1986:101).
Además de sus aportaciones teóricas a la antropología criminal en España, Rafael Salillas desarrolla una tarea institucionalizadora de esta disciplina, verdaderamente encomiable. En 1897 imparte un curso sobre antropología criminal en la Escuela Superior del Ateneo de Madrid. Dos años más tarde dirige el Laboratorio de Criminología que se adscribe a la cátedra de Filosofía del Derecho de la Universidad de Madrid, regentada por Francisco Giner de los Ríos, ocupándose de analizar los aspectos sociológicos y morfológicos del delincuente en relación con la antropología criminal. En 1902 imparte un curso de antropología criminal en el Ateneo de Madrid y en 1906 dirige y forma parte del profesorado de la Escuela de Criminología que inicia su andadura ese año, tras haber sido autorizada en 1903, pero que se extingue tras la muerte de su creador en 1923.
El otro referente de la antropología criminal en España es don Julio Caro Baroja (1914-1995), del que ya hemos analizado sus valiosas aportaciones a la configuración epistemológica de la antropología criminal, sustentada en las exigencias básicas de la investigación antropológica. A pesar de las diferencias existentes entre ambos autores existe un nexo de unión entre ambos que se materializa en la importancia ofrecida a la literatura universal y concretamente a la literatura picaresca que nos aporta una información valiosísima, tanto del comportamiento de los delincuentes, como de las costumbres de la época. La razón por la que los antropólogos consideramos a don Julio como el fundador de ésta disciplina habría que buscarla en la aproximación teórica desde la que realiza el establecimiento de conceptos básicos, fuera de las influencias de los paradigmas dominantes en este ámbito y en el tratamiento, desde una perspectiva holística, de todas las fuentes de información susceptibles de ser analizadas para la consecución del objetivo principal de la Antropología que es, como diría don Carmelo Lisón Tolosana “comprender al otro” (Lisón Tolosana 1998: 123). Caro Baroja, de manera similar a Merleau-Ponty, aboga por una Antropología como sistema de referencia general, en el que pueda tener cabida, tanto en punto de vista del indígena, como el del hombre considerado civilizado, así como los errores de uno a propósito del otro. Aquí podría radicar su interés en el estudio de minorías:
“Caro Baroja no desdice la existencia de las minorías étnicas, sino que nos obliga a tomar un punto de vista más histórico y empírico en el análisis de las mismas….constantemente hace hincapié en las dimensiones duales de la etnicidad, dimensiones que aumentan su complejidad política. Al estudiar las brujas, los judíos y los moriscos indica que los conceptos mutuos que se tenían de las minorías y las mayorías en la sociedad ejercían una gran influencia sobre el desenvolvimiento de sus relaciones” (Greenwood 1982: 235-236).
Aunque las obras de nuestro insigne antropólogo que constituyen un referente obligado para la antropología criminal son cuatro libros, dos artículos y tres conferencias que paso a referenciar a continuación, hay que revisar algunas obras como Los moriscos en el reino de Granada y Razas, pueblos y linajes publicadas en 1957, Las brujas y su mundo y Los judíos en la España moderna y contemporánea, aparecidas en 1961, y Vidas mágicas e Inquisición en 1967, no tanto por su concreción temática, sino por el esquema analítico que desarrolla en todas ellas y por su interés en las minorías étnicas. La primera de las obras de antropología criminal es La aurora del pensamiento antropológico de 1983, en la que hace un recorrido exhaustivo por las aportaciones de los diferentes pensadores de la época clásica, tanto griega como latina. A lo largo de su análisis va reflexionando sobre el sentido de la existencia del hombre, la idea de que nuestra vida es tragedia y que las sociedades humanas viven en “ritmo de tragedia” y va centrando su análisis sobre un fundamento étnico que permite cuestionar el determinismo biológico de la escuela criminalista italiana. En la segunda obra, que vio la luz en 1985, Los fundamentos del pensamiento antropológico moderno ofrece al lector una cosmovisión de la antropología moderna, analizando las aportaciones tanto de filósofos como de antropólogos, sociólogos, historiadores, biólogos y personalidades que han configurado el pensamiento moderno, y no sólo de sus obras, sino que también proporciona datos biográficos, de arte, teatro, novela y cualesquiera fuente que nos ayude a conformar el panorama complejo del conocimiento que suponga una aportación para la investigación antropológica y así satisfacer otra de las exigencias de nuestra disciplina, según Max Scheler, que es erigirse en un saber teórico. En este libro dedica el capítulo XII a la antropología criminal, que supone una aportación fundamental, aunque requiere del conocimiento del conjunto para poder apreciar su valor. La última obra de la trilogía, se publica en 1986, Realidad y fantasía en el mundo criminal, y presenta un estudio de casos, en los que va analizando con gran profusión de fuentes, las asociaciones de malhechores, los mendigos fingidos y sus asociaciones y el bandolerismo desde su vertiente histórica y literaria. Estos libros fueron publicados por el Consejo Superior de Investigaciones Científicos, institución con la que don Julio mantuvo una estrecha vinculación a través del “Instituto de Filología Hispánica” y la “Biblioteca de Dialectología y Tradiciones Populares”. En Realidad y fantasía se sigue un esquema similar al de Las brujas y su mundo (1961) y al igual que hizo en Ensayos sobre la literatura de cordel (1969) hace uso de toda una serie de expresiones de la mentalidad popular.
El concepto de “terror” es central en la antropología criminal de Caro Baroja y a él le dedica dos artículos, “El terror desde un punto de vista etnológico” publicado en 1989, en Criminología y Derecho Penal al servicio de la persona, en el que analiza asociaciones masculinas con actuaciones terroríficas en sociedades primitivas y en las actuales. Ese mismo año, pero en otra publicación, Cárceles de mujeres. Ayer y hoy de la mujer delincuente y víctima, también compilada por J. L. de la Cuesta, aporta “El terror desde un punto de vista histórico”, en el que analiza terrores religiosos, bélicos y políticos en general. Con anterioridad a la aparición de estos dos artículos, en 1986 publica un monográfico en el que analiza a ETA, titulado El laberinto vasco. En la Fundación Juan March de Madrid, estaba previsto que del 29 de noviembre al 5 de diciembre de 1988 dictara cuatro conferencias en otras tantas sesiones, que finalmente se redujeron a tres, pero que de cualquier modo abordaron las temáticas previstas y que se titulaban “Antropología criminal, física, social y cultural”, “La antropología criminal en la historia de las sociedades”, “La antropología criminal y la literatura” y “La antropología criminal y la política”. Aunque una parte importante de los contenidos de estas conferencias ya estaban analizados en la trilogía, también incorpora algunas relaciones que no se habían establecido en aquellas. Finalmente en 1989 publica Terror y terrorismo en el que, de nuevo aplica su aproximación holística, en este caso estableciendo tres grandes ejes de análisis: Bio-psicológico: edades, caracteres y temperamentos; Contexto socio-económico; Institucional-ideológico en el que analiza el sistema de creencias e intereses en choque. Aporta datos históricos para realizar el análisis diacrónico del fenómeno y se refiere a asociaciones que ya se habían analizado en las obras citadas más arriba, como la Mafia y la Camorra, entre otras. El legado de Caro Baroja constituye una verdadera labor mayéutica en el mejor estilo socrático. Como diría Maraña “don Julio representa todo lo que no sabíamos y no queríamos conocer” (Maraña 1995: 14).



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Feuerbach y la religión como 'patología'. Del sentimiento de dependencia a la literatura y a la neuroteología

Feuerbach y la religión como 'patología'. Del sentimiento de dependencia a la literatura y a la neuroteología

 


Ingles Title: Feuerbach and religion as 'pathology'. From the feeling of dependence on literature and neurotheology
 Autor: Encarnación Ruiz Callejón

ruizencarnacion@ugr.es
METAMORFOSIS DE LO RELIGIOSO. PERSPECTIVAS ANTROPOLÓGICAS Y FILOSÓFICAS
MONOGRÁFICO COORDINADO POR PEDRO GÓMEZ. Universidad de Granada

Articulo original en la revista
Gazeta de Antropología

RESUMEN

Este trabajo aborda dos aspectos de la filosofía de Feuerbach: su análisis del pensamiento religioso y su tratamiento del contenido antropológico de la religión. El objetivo es señalar algunas implicaciones de su reflexión. Feuerbach relaciona la estructura del pensamiento religioso con la filosofía especulativa y con el argumento ontológico, cuyo desarrollo en el Proslogio analizo para evaluar el juicio de Feuerbach. Respecto al contenido antropológico, pone de relieve ficciones constitutivas de la razón y un saber valioso que tendrá que desarrollar la llamada “filosofía del futuro”. Siguiendo los presupuestos del autor, tanto la literatura como la neuroteología formarían parte de ella.

ABSTRACT

This paper addresses two aspects of Feuerbach’s philosophy: his analysis of religious thought and his treatment of the anthropological content of religion. The aim is to point out some implications and update his reflection. Feuerbach relates the structure of religious thought with that of speculative philosophy and the ontological argument, the development of which in the Proslogion I analyses to evaluate Feuerbach’s judgement. Regarding the anthropological content, he highlights the fictions that constitute reason and a valuable knowledge to be developed by the “philosophy of the future”. Following the presuppositions of the author, both literature as well as neurotheology would be part of it.

PALABRAS CLAVE

antropoteísmo | argumento ontológico | filosofía del future | literature | neuroteología

KEYWORDS

anthropotheism | ontological argument | philosophy of the future | literature | neurotheology


1. El pensamiento especulativo y la religión ante la “química analítica” y la “hidroterapia neumática”
1.1. El misterio es la antropología
En su tesis doctoral Sobre la unidad, universalidad e infinitud de la razón Feuerbach afirmaba que la auténtica unidad entre los hombres, una “unidad divina” a la que subyace “cierta divina venturanza” (Feuerbach 1828: 126), se da en el acto de pensar. En otras actividades prima la oposición y la individualidad. El sentimiento es también personal y no puede ser compartido (1). Lo pensado, sin embargo, “se hace de otro (…), es de nuevo recreado por él” (Feuerbach 1828: 83). Cuando pensamos nos colocamos en el punto de la razón universal del que se deduciría incluso un imperativo moral (2). Pero por otra parte, suscribía con Giordano Bruno (3) que lo propio de la pasión por el conocimiento es que “nos obligue a salir de nosotros mismos y de toda ciencia determinada y circunscrita por barreras, y nos arrastre inconteniblemente (…) con no menor fuerza que la que obliga a todos los cuerpos al centro de la tierra” (Feuerbach 1828: 109). Esta aspiración no suele atenerse a los límites de la razón y trastoca la mencionada unidad. De hecho, como ha puesto de manifiesto García Rúa, en carta personal a Hegel el joven doctor exigía la “ensarkósis o encarnación del puro lógos” (Feuerbach 1828: 12). Y tras el famoso texto en el que criticaba su filosofía, en Pensamientos sobre muerte e inmortalidad insistía en que únicamente si el hombre “vuelve a la conciencia de su finitud, se armará del coraje suficiente para empezar una nueva vida y para sentir la urgente necesidad de convertir lo verdadero y esencial, lo verdaderamente infinito, en el motivo y contenido de todas las actividades de su espíritu” (Feuerbach 1830a: 73). La obra contenía al respecto un significativo anexo: Xenien [Epigramas] teológico-satíricos. Con todo ello Feuerbach anunciaba su programa de investigación centrado en el análisis del pensamiento religioso y condensado en la famosa tesis (“la antropología es el misterio de la teología”) de La esencia del cristianismo. Los títulos que consideró para esta no estaban exentos de significado: Conócete a ti mismo o la verdad de la religión y la ilusión de la teología, Contribución a la crítica de la filosofía especulativa de la religión o Análisis de los secretos de la dogmática cristiana (Feuerbach 1841: 11). El programa concluía con la necesidad de construir la “filosofía del futuro”.
Feuerbach compara el análisis que va a emprender con el de la química, pues es imprescindible llegar hasta la composición del objeto de estudio. Y entre el racionalismo y el ateísmo, a los que equipara respectivamente con la labor del cirujano y del médico (4), se identifica con el médico porque combate la enfermedad desde la raíz. Especifica también que su método filosófico es genético-crítico, centrado -como ha señalado Cabada Castro- en el plano psicológico y emocional (Feuerbach 1841: 24). Por eso no tratará la teología “ni como pragmatología mística (como hace la mitología cristiana) ni como ontología (como hace la filosofía especulativa de la religión), sino como patología psíquica” (Feuerbach 1841: 31). De ahí que refiriéndose a La esencia del cristianismo, especifique que su contenido es “patológico o fisiológico” (1841: 33). En su última obra, Teogonía, completará la fundamentación del método filosófico con el análisis histórico y filológico.
Feuerbach entiende por “patología” el conjunto de síntomas de una enfermedad y también el estudio de estados anímicos. Desde esta doble consideración, abordará la religión como un gran relato de lo que el ser humano consideró su esencia y cómo la proyectó fuera de sí como seres independientes o como atributos de un único ser, surgiendo así el politeísmo o el monoteísmo. En todo caso, lo proyectado quedaba exento de las servidumbres de la finitud. La religión ha sido, pues, la conciencia escindida del ser humano y el poder de su esencia escindida ha resultado una tiranía.
La causa última de la religión estaría en el sentimiento de dependencia de la naturaleza que es uno con el de finitud. Sin embargo, alberga en realidad una pluralidad de sentimientos y sentimientos de distinto signo respecto a dicha finitud: el temor respecto a lo que está en condiciones de aniquilarme o sin el que no soy nada, pero también la alegría, el amor, la gratitud respecto a lo cual soy algo, pues vivo por ese algo y existo por él, y por ello lo amo. Y como sufro y muero por la naturaleza, también la temo y la evito (Feuerbach 1851: 55). Con el teísmo, las propiedades de la naturaleza se convirtieron en atributos de Dios. Dios representa “el placer mismo del egoísmo”, siendo el hombre religioso “la medida de todas las cosas y de toda la realidad” (Feuerbach 1841: 73, 78). La veneración excesiva y del objeto inadecuado (idolatría) que transforma algo en dios es “fetichismo” (Feuerbach 1851: 198) y por primera vez se da en la religión. Los atributos divinos han sido venerados solo porque el hombre los consideró antes divinos al representar lo que está libre de las servidumbres de la finitud. La divinidad no es originaria e inmediatamente un producto de la especulación, sino de la necesidad y del anhelo. La fe es la convicción de la satisfacción del deseo de algo que falta, y por ello la constatación de un límite, de un no-ser, no-tener, no-poder. Este deseo es esclavo de la necesidad, pero un esclavo que quiere ser libre (5). Es activo y revolucionario y proyecta una existencia sin limitaciones. La religión representa “los impacientes y revolucionarios deseos de los hombres de realizar su voluntad sin encontrar dificultad” (Feuerbach 1857: 50). El “deseo teogónico” es el deseo que quiere verse cumplido y se imagina el ser capaz de realizarlo. Pero solo la voluntad divina es la unidad entre querer y poder, por lo que representa la aspiración más profunda de la humanidad: la voluntad de poder que se cumple. En la religión se pone de manifiesto el desfase constitutivo del ser humano: “en el querer, desear, representar, el hombre es ilimitado, libre, todopoderoso: es Dios, pero en el poder, en el alcanzar, en la realidad, es condicionado, dependiente, limitado: es hombre, es decir, finito” (Feuerbach 1845: 57-58). Los dioses no son, pues, una perfección emotivamente indiferente, flemática (Feuerbach 1857: 52). El lamento de la humanidad porque no puede llevar a cabo lo que desea sin extrema dificultad, y a menudo fracasando, es la razón de la cultura y de la historia (Feuerbach 1857: 50).
El deseo por antonomasia no sería otra cosa que “instinto de felicidad”: “superar sentimientos desagradables y alcanzar agradables, (…) obtener aquello que no tiene y quisiera y (…) negar lo que tiene y no quisiera, como la desgracia, la carencia (…)” (Feuerbach 1851: 217). Y sin embargo, Feuerbach subraya que tampoco se trata solo de felicidad, pues también se trata de la fascinación, la fantasía, al asombro, la afectividad, la seducción del misterio. En ese sentido, la religión fue un primer ejercicio de pensamiento e incluso una primera experiencia estética:
“Todos los fenómenos extraños y llamativos de la naturaleza, todo lo que atrapa y sorprende la mirada del hombre, aquello que cautiva y fascina su oído, aquello que enciende su fantasía y provoca su asombro, que afecta a su ánimo de un modo especial y desacostumbrado, inexplicable para él, han de participar en el origen de la religión, y pueden ser el fundamento y objeto de la misma adoración religiosa” (Feuerbach 1851: 70).
La religión ha sido la “esencia infantil de la humanidad” (Feuerbach 1841: 65), pero calificarla solo como tal sería una lectura simplista. Fue durante mucho el primer y único medio para controlar la naturaleza, domesticar el mundo y hacer soportable la existencia. Ha sido la “autoconciencia primaria e indirecta del hombre” (Feuerbach 1841: 65), tan necesaria como el arte o el lenguaje (Feuerbach 1841: 80). La geografía de la subjetividad y este bucear del hombre en ella para saber quién es revelan experiencias y procesos complejos, salvajes, contradictorios. Incluso el yo alienado se recuperaba de nuevo: “en la diástole religiosa acepta nuevamente la esencia repudiada en su corazón” (Feuerbach 1841: 81). La identidad ha sido el problema fundamental de la humanidad, resuelto por un camino oblicuo y ambivalente:
“surge en la noche de la ignorancia, la necesidad, la incultura, en un estado en que la imaginación domina a todas las otras facultades, donde el hombre experimenta las ideas más exacerbadas y los estados de ánimo más exaltados. Pero al mismo tiempo surge como la necesidad humana de luz, de educación (…). No es otra cosa que la primera forma de cultura, aun tosca” (Feuerbach 1851: 227).
Todo lo que será objeto de actividades y ciencias diferenciadas y desarrolladas, fue en su origen objeto de la religión (Feuerbach 1851: 227). Esta fue también el germen del pensamiento utópico: la extensión de la conciencia sensible (Feuerbach 1841: 43, 260). E impidió también que se expresase “el lado bestial” de la naturaleza humana domesticando al animal-hombre con razones religiosas, es decir, con el temor a los dioses, no siendo por ello un medio verdaderamente civilizador, pues esto último solo acontece cuando el individuo decide autorregular su acción y la humanidad es la determinación necesaria de su naturaleza (Feuerbach 1851: 232).
1.2. La crítica de Feuerbach a la prueba de san Anselmo
La prueba de san Anselmo ocupa un lugar especial en la reflexión de Feuerbach porque ejemplifica la teología que pretende ocultar su verdadero origen y el estilo del pensamiento especulativo que rechaza. La cuestión es si la argumentación del arzobispo de Canterbury es únicamente un producto más de los errores de la razón teológico-especulativa o encierra una reflexión más profunda y una reivindicación distinta.
El profesor Estrada Díaz sintetiza muy bien los problemas filosóficos de fondo de la prueba anselmiana, cómo la tradición postanselmiana
“se mueve entre la fascinación de un argumento que prueba a Dios desde la razón (…) y la imposibilidad de establecer una continuidad entre el orden lógico y el ontológico. Al perderse la tradición parmenídeo-platónica, que establece la equiparación entre pensamiento y realidad, y al abandonar la idea de la participación platónico-agustiniana, así como el ontologismo, se pierden las bases mismas que permiten el argumento ontológico. Heidegger, con su crítica a la onto-teología, culmina la crítica posterior de la prueba anselmiana, tanto en cuanto que se reduce el ser al ente perfecto y se acaba postulando un ente divino como fundamento de los seres y del pensamiento mismo, como también desde la perspectiva de una metafísica de la identidad que equipara ser y razón, y que establece una correspondencia entre ambas” (Estrada 1996: 72).
Por otra parte, se ha señalado también que han sido los autores modernos los que han insistido particularmente en la forma lógica de la prueba, reduciendo la perspectiva de análisis y suscribiendo además una concepción progresiva de la historia que juzga todo según nuestra perspectiva y no según su tiempo (Logan 2009: 1).
Feuerbach se suma a la crítica kantiana del argumento ontológico (Feuerbach 1843: 114) y a la vez rechaza toda forma de pensamiento que extrae su materia de sí: “esos filósofos que se arrancan los ojos de la cabeza para poder pensar mejor (…).Fundo mis pensamientos en realidades (…). No engendro el objeto a partir del pensamiento, sino a la inversa” (Feuerbach 1841: 39). Se trata de desvelar la existencia, no de inventarla. El único idealismo que le interesa es la mejora de las condiciones de vida humanas: “muchas cosas que pasan hoy por sueños a los ojos de los practicones miopes y timoratos, (…) existirán mañana (…). La idea no es para mí más que la fe en el futuro histórico, en la victoria de la verdad y de la virtud, que tiene para mí un significado solamente político y moral” (Feuerbach 1841: 39). Y suscribe el realismo y el materialismo en tanto pretenden ser fieles a lo sensible (6) y constituyen un pensamiento de la tierra (7). Las pruebas de la existencia de Dios serían “el primer modo conceptual” por el que la teología o reflexión sobre la religión intenta probar que esta última lleva razón, que Dios no es un ser imaginado. Mientras que la prueba cosmológica y la teleológica parten de la naturaleza, la psicológica -la anselmiana- parte del espíritu humano, siendo por ello la más afín a la esencia de la religión (Feuerbach 1851: 276). Feuerbach, en todo caso, se siente más próximo a una “prueba” basada en la caducidad y el cambio: “pudiera decirse que la única y verdadera prueba de que existe un Dios es el tiempo, pues el tiempo prueba que es un ser infinito aquel en quien todo se consume, aquel ante quien todo es finito, pasajero, no permanente; el tiempo es solo la manifestación de que todo ha transcurrido en Dios desde la eternidad” (Feuerbach 1830a: 78).
Había denominado a su metodología “hidroterapia pneumática” aludiendo a las cualidades curativas del agua de la fría razón natural, pero reconocía que hasta para esta hay “enfermedades incurables” cuando se enfrenta a la voluntad de preservar una ilusión porque es bella o bienhechora (Feuerbach 1841: 34). De hecho, los errores de la razón por los que se interesa, anticipando así la psicología del conocimiento de Nietzsche y la consideración del sujeto como intérprete y artista, no son solo de naturaleza lógica ni se solventan con una crítica conceptual. La prueba de san Anselmo expresa “la esencia más íntima y oculta de la religión” (Feuerbach 1841: 244), aquello de lo que el hombre no puede ni quiere prescindir, lo que constituye el límite esencial de su razón, de sus sentimientos, de su convicción: id quo nihil maius cogitari potest (Feuerbach 1841: 244). Hay ciertas “ilusiones” de la razón que no pretenden tanto la verdad como interpretar el mundo. Establecer un principio o causa primera en una serie puede ser una “necesidad mía” pero no una prueba (Feuerbach 1851: 118). La necesidad de un principio es del lenguaje y de la razón. Esta utiliza “abreviaturas, atajos”: “el concepto en lugar de la percepción, un signo, una palabra, en lugar del objeto. Lo abstracto en lugar de lo concreto; la unidad en lugar de la multiplicidad, una sola causa en lugar de muchas diferentes” (Feuerbach 1851: 120). Solo cuando la razón se remonta al ser primero queda satisfecha, pero porque se ha alcanzado a sí misma. Nos sentimos desgraciados hasta que no alcanzamos el grado último de nuestra capacidad -aquel “quo nihil maius cogitari potest” (Feuerbach 1841: 88). E inmediatamente necesitamos representarnos este ser, porque continuamente operamos distinguiendo el objeto de la intuición de su representación: “trasfieres ahora esta costumbre por medio de la imaginación al ser de razón” (Feuerbach 1841: 88). Otro ejemplo es el “ser primero”. Indica solo rango y tiene un propósito: asegurar exclusivamente a Jehová como único Dios en oposición a los ídolos (Feuerbach 1841: 146). Se trata en este caso de una autoafirmación étnica. La atribución de la existencia depende de otro prejuicio: “Existir es para el hombre lo primero, lo fundamental en su representación, condición previa de los predicados” (Feuerbach 1841: 70). Invertimos también el orden natural de las cosas: lo primero en la mente o para la mente hacemos que sea lo primero en la realidad y la causa por la que algo existe (Feuerbach 1845: 81). Convertimos lo subjetivo en objeto, especialmente cuando lo imaginado está “conectado al instinto de felicidad” (Feuerbach 1851: 268). En la teología se impone que la idea no se extraiga del objeto, sino que sea esta quien lo produzca, su causa: colocamos el género antes que los particulares. Dios es “una suma de conceptos genéricos” (Feuerbach 1851: 141) y la relación con el mundo es la misma que hay entre el concepto genérico y el individuo, siendo la pregunta por su existencia la pregunta por los universales (Feuerbach 1851: 142).
1.3. La objeción de san Anselmo a su prueba: la justicia divina no puede ser pensada
Todos los “errores” anteriores de la razón se dan cita en la prueba anselmiana, pero Feuerbach, como el resto de los intérpretes, pasa por alto una objeción: la del propio autor, como trataré de poner de manifiesto en este apartado.
Uno de los atributos particularmente importantes de Dios es la perfección moral. Según Feuerbach, aparte de significar una aspiración de la humanidad, el deseo proyectado actúa como impulso que exhorta a la acción y la imitación, y pone en tensión y en contradicción al individuo consigo mismo. Y representa no solo el aspecto sancionador de la ley, sino también la proyección del valor del perdón” (Feuerbach 1841: 99). La perfección moral de Dios será decisiva en la objeción de san Anselmo y transforma radicalmente su reflexión sobre la existencia y la esencia de Dios.
El origen más inmediato de la prueba anselmiana está en el Monologio. Los hermanos de orden le insisten para que ponga por escrito sus conversaciones con ellos. Y las condiciones que le exigen no son sino la declaración por parte del autor de su metodología: no ha de apoyarse en las Escrituras; el estilo y la argumentación han de ser claros y al alcance de todos; la prueba ha de basarse en el “encadenamiento necesario de los procedimientos la razón” y “la evidencia de la verdad” (San Anselmo 1076: 191), y se han de considerar las objeciones por simples que sean. Como se sabe, el Proslogio se dirige también al insensato que, por cierto, no es simplemente el ateo (8). En el Monologio es aquel que admite la serie infinita en un razonamiento. En el Proslogio es el que cae en autocontradicción: niega que Dios exista, pero asume a la vez unos compromisos ontológicos cuando dice entender la idea de Dios que san Anselmo enuncia.
Los temas en cuestión, tanto del Monologio como del Proslogio, son la existencia y la esencia de Dios. A lo largo de la historia de la filosofía, el interés de los intérpretes ha recaído en el Proslogio, o mejor dicho: en el pasaje donde se expone el argumento ontológico sin considerar apenas el resto de la argumentación del autor. Por otro lado, como señala Verweyen (1978: 108), el propio Anselmo contribuyó en gran medida a focalizar la atención en el Proslogio. Intenta que este sea una mejora del Monologio, cuyas pruebas son a posteriori y tienen el inconveniente de “hacer necesario el encadenamiento de un buen número de raciocinios” (San Anselmo 1077/1078: 359). Pero el Monologio contiene la idea de Dios que será la base de la prueba a priori del Proslogio: “la única sustancia por encima de la cual no se coloca nada mejor que ella, puesto que es mejor que todo lo que no es lo que ella es” (San Anselmo 1076: 231). En cuanto a la esencia divina, se dice que los atributos que diferenciamos como si fuesen bienes distintos son nombres intercambiables de aquella: “Cada una de estas cualidades es, pues, la misma que las otras (…), de suerte que, cuando se dice justicia o esencia, se expresa lo mismo” (San Anselmo 1076: 235).
San Anselmo quiere dejar muy claro que su obra no se separa del De Trinitate, una afirmación que suele interpretarse desde el punto de vista de la ortodoxia, pero que bien puede referirse también a la metodología. San Agustín había afirmado: “quien esto lea, si tiene certeza, avance en mi compañía; indague conmigo, si duda; pase a mi campo cuando reconozca su error, y enderece mis pasos cuando me desvíe” (San Agustín 416: 127). Y anhela para sus escritos, “un piadoso lector y un crítico imparcial”, no un “lector incondicional” ni un “crítico pagado de sí mismo”: “Digo al primero: no utilices mis escritos cual si fueran Escrituras canónicas; en estas cree sin vacilar si comprendes ahora lo que antes ignorabas; en aquellas suspende tu juicio, a no ser que lo incierto pase a ser en ti certeza. Y digo al segundo: no critiques mis libros según tu opinión o animosidad, sino al tener de las Escrituras Sagradas y de la recta razón” (San Agustín 416: 235).
San Anselmo presupone un lector similar (1076: 193) e insiste en que no se desvía de la tradición, que en todo caso extrae lo que “quizás no han dicho” los doctores de la Iglesia” (1094: 711). ¿Pero realmente es así? Se propone encontrar “una sola prueba que no necesitase para ser completa más que de sí misma y que demostrase que Dios existe”. También: que Dios “es el bien supremo que no necesita de ningún otro principio, y del cual, por el contrario, todos los otros seres tienen necesidad para existir y ser buenos”. Y algo más: “todo lo que creemos de la sustancia divina” (San Anselmo 1077/1078: 359). De ello me interesa subrayar tres de las cosas que pretende demostrar: 1. Dios existe. 2. Dios es el bien supremo y único que necesitamos para ser buenos. 3. Dios es lo que creemos de su esencia. Los tres objetivos están relacionados por lo que la argumentación no acaba en el capítulo II del Proslogio, donde se enuncia el famoso argumento. Y algo más importante: el resultado de 2 y 3 condiciona la idea de Dios que fundamenta 1.
El hilo conductor es el atributo que a san Anselmo verdaderamente le preocupa: la justicia divina. El primer escollo es que Dios perdona a los malos incurriendo así en injusticia. Pero solventará la cuestión indicando que la bondad divina brota de su misericordia, que esta modela a la justicia, pues “aquel que es bueno castigando y perdonando a los malos, es mejor que aquel que no es bueno más que castigándolos” (San Anselmo 1077/1078: 377). Sin embargo, no queda satisfecho con su propia explicación. Y su duda no es irrelevante, porque si no la resuelve no puede seguir afirmando que Dios sea el ser “mayor que el cual nada puede ser pensado”. La bondad de Dios será tan perfecta que se prolongue hasta el perdón (San Anselmo 1077/1078: 379), pero afirmar esto exige algo más que razonar: “creer que tienes compasión de los malos sin herir la justicia” (San Anselmo 1077/1078: 379). A lo largo de varios capítulos se continúa profundizando en la cuestión de la justicia. Paso por alto el análisis de estos capítulos porque es en el capítulo X donde intenta zanjarla aduciendo la peculiaridad de la justicia divina: no supone afección en Dios y no se basa únicamente en nuestras obras. Pero si es así, resulta absolutamente lejano y extraño un Padre que compadece sin padecer y que no sabemos ni en qué se basa. Y de nuevo el autor se aleja de uno de los objetivos de su demostración: que Dios es lo que creemos, pues lo que está es justificando un comportamiento en Dios para que se pueda adaptar a lo que creemos. Sin embargo, todo ello ya impide afirmar que es el ser “mayor que el cual nada puede ser pensado”. En el capítulo XI afirma abiertamente al Dios voluntad: “solamente es justo lo que tú quieres e injusto lo que no quieres” (San Anselmo 1077/1078: 383). Pero la cuestión decisiva y que lo cambia todo es ya la siguiente: ante dos seres igualmente malos Dios salva a uno y condena a otro (San Anselmo 1077/1078: 383). Con estas consideraciones, San Anselmo dinamita conscientemente su propia prueba. El ser “mayor que cual nada puede ser pensado” no puede ser pensado, pero no porque exceda nuestra capacidad debido a su impenetrable misterio, sino porque no podemos aceptar su actuación. Dios no es lo que creemos. Y tampoco puede ser el bien supremo que guíe nuestra acción. La prueba de la existencia de Dios depende de la consideración de su esencia y dos de las afirmaciones que pretendía demostrar las rechaza. Así, en el capítulo XIV, cuando se pregunta por el balance de su investigación, cambiando incluso el comparativo maior por melius (quo nihil melius cogitari potest) pues esa es la cuestión, ya ni siquiera enumera la justicia (San Anselmo 1077/1078: 385). La prueba no convence a su razón, especialmente a los ideales de esta, pero tampoco conmueve a su corazón, pues no experimenta la presencia de Dios el anhelo, por cierto, que motivaba también su búsqueda.
Se ha señalado que en san Anselmo no puede haber conflicto entre la fe y la razón que no sea el que surge de la ignorancia humana y del pecado (Logan 2009: 19). En mi opinión, se trata de otro orden de cosas y no solo hay conflicto, sino que el conflicto al que se enfrenta y que no rehúye, no es una cuestión de ignorancia ni de pecado. A la luz de la aspiración a la justicia, el autor se detiene ante un Dios arbitrario que ya no reconoce. Es consciente de que no consigue demostrar lo que pretende. Al final del Proslogio, cuando pareciera que va a claudicar afirmando, pese a todo, el amor incondicional a Dios e imponiéndose querer lo que él quiere (San Anselmo 1077/1078: 401), se aferra sin embargo a un deseo irrenunciable: que lo que quisiera creer y su razón no estén disociados en la otra vida (San Anselmo 1077/1078: 405). Pero en esta vida acaba como un peculiar insensato: desea con todas sus fuerzas afirmar la existencia de Dios y experimentar su presencia, pero de su razonamiento se deduce la perplejidad. Más aún: asume la quiebra del isomorfismo entre los distintos órdenes (San Anselmo 1077/1078: 405).
Desde una perspectiva feuerbachiana, la prueba de san Anselmo quedaba ya desbaratada por la crítica kantiana a la que añade su propia crítica a la filosofía especulativa. Y además, la reflexión de san Anselmo movilizaba uno de los deseos proyectados por la humanidad: la justicia perfecta. En La esencia del cristianismo sostendrá que “la certidumbre de la existencia de Dios (…) solo depende de la certeza de la cualidad de Dios (…). La verdad del predicado es la garantía de la existencia” (Feuerbach 1841: 70-71). Es cierto que san Anselmo desmonta la verdad del predicado justicia. Y atendiendo a la convertibilidad entre los nombres de los bienes con los que se habla de la esencia divina, también acaba con esta y negaría al sujeto, un sujeto que para san Anselmo más bien queda entre paréntesis y el resultado lo sume en la perplejidad. Feuerbach afirma también que para muchos, si no hay ningún dios, ningún concepto genérico sería verdad, y entonces no habría ninguna sabiduría, virtud, justicia, ley, ninguna sociedad, todo sería arbitrariedad, todo recaería en el caos, en la nada. San Anselmo nos sitúa incluso en este escenario, pero con una perspectiva y un resultado distintos. No hay justicia divina porque no es razonable. Dios queda entre paréntesis. Pero que no exista la justicia divina, como fundamento y modelo, y que el fundamento quede así maltrecho, no invalida los criterios humanos. Más aún: la existencia sin fundamento, en la perplejidad, resulta asumible, no nos aboca al caos.

2. La “filosofía del futuro”
2.1. El “antropoteísmo” o “nueva religión”
Volviendo a la crítica general de Feuerbach al pensamiento religioso, este insiste en que su objetivo es terapéutico y práctico (Feuerbach 1841: 33), y niega que destruya la esencia humana de la religión. Las religiones están abocadas a un proceso histórico en función de la madurez de la autoconciencia de la humanidad (Feuerbach 1841: 65) (9). Cuanto menos sepa el hombre de historia, naturaleza, filosofía, etc., tanto más dependerá de la religión. La tarea que hay por delante es la educación y la difusión de la cultura “en todas las clases y niveles sociales (…). La religión es compatible -tal como lo demuestra la historia- con los mayores horrores, mas no con la cultura (10). Toda religión que descansa en fundamentos teológicos -la existente hasta ahora- se vincula con la superstición, y la superstición es capaz de cualquier crueldad e inhumanidad” (Feuerbach 1851: 232).
Una nueva época requiere “una nueva concepción y visión de los primeros elementos y fundamentos de la existencia humana”, una “nueva religión” (Feuerbach 1851: 234). El punto de vista religioso divide a la humanidad y solo la concepción natural, en la que el fundamento es la naturaleza, es verdaderamente universal. Feuerbach insiste: “todo lo que hago a la religión (como a la filosofía o a la teología especulativa) es abrirle los ojos” (Feuerbach 1841: 43). En este ejercicio de desilusión hay un nuevo principio: el “antropoteísmo” (Feuerbach 1841: 48). La humanidad es aquello mayor de lo cual nada puede ser pensado por el individuo. Y las posibilidades de su esencia o naturaleza no puede agotarlas este porque pertenecen a la especie.
Aunque la propuesta de Feuerbach sea más bien programática, no es una mera especulación que no toca la realidad y considera al hombre abstracto. Emplaza al individuo a cambiar en primer lugar: “Quien no posee el dominio de sí no tiene tampoco la fuerza ni el derecho de liberarse de la opresión material y política” (Feuerbach 1842a: 43). Y se empieza por la liberación espiritual: “no doy ni un comino por la libertad política si soy esclavo de mis fantasías y prejuicios religiosos” (Feuerbach 1851: 235). Rechaza la simbiosis entre la religión y el Estado y también que este se arrogue el deber de crear hombres libres. Son los individuos que nacen en su territorio y los que llegan a él (Feuerbach 1851: 235) -un reflexión, por cierto, más propia de nuestro tiempo- los únicos agentes de la libertad. Feuerbach parece también advertir del peligro del nacionalismo como religión: “¡Qué antojo es este (…) que, en adelante, no se piense ya más sobre la religión, es decir, que en provecho de los intereses nacionales alemanes (…) se degrade uno, en las cuestiones religiosas, hasta ponerse al nivel de una bestia stante pede!” (Feuerbach 1842a: 42-43). Pero insiste en someter la religión al tribunal de la crítica filosófica: “¡qué idea más censurable es esta de excluir la religión, por ser cosa del sentimiento, de comparecer ante el tribunal de la crítica filosófica! (…). Quien se pronuncia a favor del sentimiento religioso oponiéndose a la libertad del pensamiento es un enemigo de la Ilustración y de la libertad, sirve al oscurantismo” (Feuerbach 1842a: 43).
Como la verdad de la teología es la antropología y los misterios son los de la naturaleza y la identidad humanas, la “filosofía del futuro” ha de ser autoconocimiento, liberación y realización del hombre concreto y de la especie. Y ni el desencantamiento del mundo conducirá a su desvalorización, ni el antropoteísmo a la divinización de la especie o del individuo. Se anula lo teológico sobrehumano, pero no “lo supremo moral y natural” (Feuerbach 1851: 129). Esto último es simplemente “la idea que debe establecer cada hombre para ser capaz de algo” (Feuerbach 1851: 129). El ateísmo no reduce necesariamente al ser humano a una existencia plana y sin ideales. Pero es inútil tratar de volver a un cristianismo primitivo, mezclar lo nuevo con lo viejo o remozar la fe, aunque no todo ha de ser destruido: “lo muerto, muerto está (…). Sin duda hemos de ser conservadores, pero, nota bene, solo con respecto a aquello que encierra aun energía vital y poder de autoconservación” (Feuerbach 1842a: 45-46). Los ideales antiguos no pueden ser ya los nuestros:
“que nuestro ideal no sea un ser castrado (…), sino el hombre completo, real, multilateral, completamente desarrollado. ¡No solo pertenecen a nuestro ideal la (…) perfección espiritual, sino también la perfección corporal, el bienestar corporal y la salud! En este sentido, también los griegos se nos adelantaron con su ejemplo” (Feuerbach 1851: 272).
Cuando un dios tiene que decirle al hombre lo que debe hacer, este se coloca en el punto de vista de la religión que es al mismo tiempo el de la barbarie (Feuerbach 1851: 230-231). Feuerbach alerta contra las recaídas en esta barbarie; contra futuros dioses y contra cualquier intento de rehabilitar su lugar. Pero también contra cualquier intento de imponer una esencia a la humanidad. Esta se realizará de muchas maneras aunque sin posibilidad de huir de la finitud: “un ser sin sufrimientos es un ser sin ser” (Feuerbach 1842b: 64). Y en la misma línea, hay que diferenciar los deseos incompatibles con nuestra naturaleza de aquellos “que permanecen en el ámbito de la posibilidad y realización natural” (Feuerbach 1851: 264-265). Habrá deseos que existan solo para ser deseos, para tener valor en la fantasía (Feuerbach 1828: 110, 1851: 291): como la vida eterna, la omnisciencia y la perfección ilimitadas. El instinto de felicidad natural no puede ir más allá de esta vida y de nuestra esencia como especie. Los deseos que son de verdad humanos se satisfacen “en el curso de la historia, en el futuro”. (Feuerbach 1851: 294). El cristianismo le habría ofrecido al hombre lo que anhelaba pero sin dárselo en realidad. Frente a los “curas de almas”, ya el joven Feuerbach reivindica la autosuficiencia del hombre para cuidar de sí (Feuerbach 1830b: 234). El ateísmo devuelve al hombre la dignidad para que busque la razón de su acción y la cura de los males y sufrimientos en sí mismo (Feuerbach 1851: 290). Debe recobrar el control sobre su razón, su voluntad, su corazón y su cuerpo. Lo que Feuerbach no explica es la función de los deseos que han de permanecer en la fantasía. Tampoco explicita qué es la concepción natural, la naturaleza humana o los límites de la especie. Por otra parte, si la razón funciona con una serie errores y de condiciones de posibilidad que son ficciones (la proyección, la idealización, la objetivación, la autorreferencia, la necesidad de una causa primera, etc.), habrá que determinar cuáles son estructurales, y por ello inevitables, y asumir un nuevo estatuto para nuestras afirmaciones, nuestros conceptos, y quizá ampliar el plano trascendental del que hablaba Kant. Y respecto al contenido, en la religión hay ilusiones que expropian al hombre, pero otras -como la aspiración a la justicia- son irrenunciables, como acaba mostrando el propio Anselmo, si bien desde una concepción de la justicia según los hombres.
2.2. La “filosofía del futuro” y la literatura
El hombre ha sufrido a causa de su identidad siendo la religión enfermedad y remedio (medicamento y veneno). Pero para Feuerbach, la religión es también “patología” en el segundo sentido que decíamos al principio: como saber o conocimiento de la subjetividad, pues revela “los tesoros ocultos del hombre, la confesión de sus pensamientos más íntimos, la declaración pública de sus secretos de amor” (Feuerbach 1841: 65). Dios es el inventario de sus sensaciones y pensamientos supremos, el libro genealógico en el que inscribe los nombres de sus seres más amados y santos (Feuerbach 1841: 114). Y desde esta perspectiva, cobra otro sentido adicional la idea anselmiana de Dios: si los ideales que representa y que expresa su esencia pueden ser erradicados por o de la razón.
El proyecto de Feuerbach, la “filosofía del futuro”, apunta a un arte de vivir basado en que sepamos lo que queremos y queramos lo que podemos. El saber del hombre al que se refiere supone un egoísmo que nada tiene que ver con la búsqueda del propio beneficio: “Entiendo por ‘egoísmo’, el ‘valer para sí mismo’ acorde a su naturaleza y, consecuentemente, a su razón -pues la razón en el hombre no es otra cosa que la naturaleza consciente del hombre” (Feuerbach 1851: 75). Se trata de un egoísmo imprescindible, “metafísico”:
“sin el cual el hombre directamente no podría vivir -pues para vivir siempre tengo que apropiarme de lo que me es saludable y alejar de mi cuerpo lo que me es perjudicial y dañino (…) el egoísmo que incluso se encuentra en el organismo, en la apropiación de la materia asimilable y la expulsión de lo que no es asimilable (…). Entiendo por ‘egoísmo’ el amor a sí mismo, es decir, el amor al ser humano, el amor que impulsa la satisfacción y desarrollo de todos los instintos y disposiciones, sin cuya satisfacción y desarrollo el hombre no puede ser un hombre verdadero y completo. Entiendo por ‘egoísmo’ el amor del individuo o a sus semejantes -pues, ¿qué soy yo sin ellos? (…) Aquel instinto de autopreservación, mediante el cual el hombre no sacrifica (…) su razón, su sentido, su cuerpo, por burros y ovejas espirituales, lobos y tigres políticos, grillos y lechuzas filosóficas, sino aquel instinto racional (…) que llama de regreso al hombre” (Feuerbach 1851: 75).
Si la teología conduce a la antropología habrá que explorar los deseos, el inconsciente, lo reprimido, lo silenciado, los ideales, las pasiones, las utopías, etc. Y no puede ser tarea para una sola disciplina, la antropología, sino para un campo de estudio. Por otra parte, la “filosofía del futuro” está íntimamente unida al arte. Feuerbach define la filosofía como el arte de pensar y la religión como el arte de la vida “que trae a la contemplación, a la conciencia, las fuerzas e instintos que ponen en movimiento la vida” (Feuerbach 1851: 78). En cuanto al arte: “proviene del sentimiento de que la vida de este mundo es la verdadera vida, y lo finito es lo infinito; proviene del entusiasmo por un ser concreto y real que se toma por ser supremo y divino” (Feuerbach 1842b: 59). En este sentido, los griegos fueron un ejemplo de otra justificación de la existencia: “Si los griegos se encumbraron a la perfección del arte plástico es porque de un modo absoluto y sin titubeos vieron en la forma humana la forma suprema, la forma de la divinidad (Feuerbach 1842b: 59). Y la experiencia que desencadena el arte es el dolor de una pérdida y honra lo finito: “Solo quien siente la pérdida de un ser finito como una pérdida infinita tendrá la fuerza que lleva al entusiasmo lírico. El incentivo doloroso que supone el recuerdo de aquello que ya no existe es, en el hombre, el primer artista y el primer idealista posibles” (Feuerbach 1842b: 60). Mientras que la creencia en el más allá del cristianismo “convierte todo dolor en algo aparente y no verdadero” (Feuerbach 1842b: 60).
Si dios es un ser de la fantasía y esta es el órgano de la poesía, la religión es en el fondo poesía (Feuerbach 1851: 200). Pero negar la religión existente no implica negar la poesía ni el arte en general, porque la razón es esencialmente artística:
“No anulo el sentimiento y la fantasía, el impulso de objetivar y personificar la propia subjetividad, lo que ya ocurre en la naturaleza de la lengua y el afecto, no anulo objetivar la necesidad, la naturaleza, de un modo que corresponde a su esencia tal como nos es conocida por la ciencia natural, convertirla en un objeto de concepción poética religioso-filosófica” (Feuerbach 1851: 200).
La literatura forma parte del proyecto de “filosofía del futuro” no solo porque el ser humano sea esencialmente artista ya que la razón funciona con tropos e interpreta la realidad, sino también porque la literatura es para Feuerbach una metafísica del corazón, una “patología” valiosa: comprometida y militante. Contiene una ética y una justificación de la existencia. La literatura nos acerca de otro modo al conocimiento de la naturaleza humana. Y sin ser ciencia ni política, sin llevar a la acción, puede “conmover el diafragma del mundo”, hace “caer las escamas de los ojos” y tiene “efectos medicinales” (Feuerbach 1834: 289). La literatura es el extranjero que cuestiona nuestra normalidad (Feuerbach 1834: 293). Los escritores son como la voz de la conciencia de la humanidad. Y ya sea escribiendo o leyendo, el individuo se libera de impresiones: “se vuelve más desapasionado y tranquilo, y por ello más capaz de reconocer y juzgar una cosa como es” (Feuerbach 1834: 278). Pero a la vez, los libros son también como “capillas” que visitamos de cuando en cuando “para recogernos” en otra forma de existencia que la puramente sensible (Feuerbach 1834: 281). La literatura tiene eficacia a través de los siglos y sobre individuos que aun ni existen. Participa de la inmortalidad verdadera: la memoria de lo humano. Hacer literatura es como pensar: hacer de lo propio un bien común. Convoca la “unidad divina” a la que subyace “cierta divina venturanza”, como exigía el joven Feuerbach, siendo en este sentido una forma de pensamiento. La literatura nos reconcilia con la diversidad. Alarga y ensancha la vida individual permitiéndonos vivir otras. Es un discurso, una meditación y una religión que nos habla del mundo y de la existencia, de aquello mayor de lo cual nada puede ser pensado.
La verdadera dialéctica “no es un monólogo del pensador”, sino diálogo e intersubjetividad (Feuerbach 1843: 147). El otro es fuente de pluralidad, condición de posibilidad de mi identidad; mi medida de la verdad; una instancia crítica y mi “sentimiento de vergüenza personificado”. Es un “diputado de la humanidad” (Feuerbach 1841: 203). Es significativo que la “filosofía del futuro” empezara en el joven Feuerbach como literatura y también bajo el signo de Abelardo, el filósofo medieval. Sorprende, sin embargo, que no se centre en Eloísa, presente solo nominalmente. De hecho, las referencias de Feuerbach a las mujeres y al espíritu femenino adolecen de ambigüedad. En su Tesis doctoral afirma que la construcción de los géneros es bidireccional (Feuerbach 1828: 85), pero no extrae consecuencias ni profundiza más. En los Epigramas parece que la mujer fuese el prototipo de ser humano de la “filosofía del futuro”: se atiene a la naturaleza, no necesita de ninguna fe y representa el espíritu antiteológico, mientras que el hombre debe conquistar aún su esencia (Feuerbach 1830b: 262-263). Pero también afirma que detrás de la idea de dios hay un espíritu femenino doméstico, codicioso y conservador. Frente a él, propone el espíritu libre -Abelardo- que explora y arriesga (Feuerbach 1841: 114-115). “Olvida” que solo la desdichada Eloísa estuvo a la altura de los hechos: fue la única que arriesgó y dio muestras de libertad en todos los sentidos. La “filosofía del futuro” está en deuda con las mujeres si pretende ser un verdadero antropoteísmo. Es cierto que Feuerbach dice incluir en este las dos mitades de la humanidad, siendo el corazón el principio femenino y el sentido de lo finito, la sede del materialismo; mientras la cabeza lo es del idealismo” (Feuerbach 1842b: 66). Esta se basaría en la distinción sujeto-objeto y transformaría el ser del corazón en un ser distinto, objetivo y externo. El antropoteísmo expresaría “de un modo puramente racional, lo que el corazón dice a su manera (…) Es la religión consciente de sí, la religión que se entiende a sí misma” (Feuerbach 1842b: 67). Sin embargo, aparte de lo arbitrario de estas asignaciones, del recurso a tópicos y de la consideración siempre genérica de la mujer, es el corazón el que es asimilado a la razón y nada se dice de su saber ni del respeto a su diferencia. Feuerbach “olvida” incluso que las mujeres no han sido libres de formar su espíritu, ni de ellas han dependido las proyecciones de la religión, sus códigos o sus instituciones.
2.3. La neuroteología: “hidroterapia neumática” y “filosofía del futuro”
El análisis que hace el autor de la religión apunta también a otro ámbito de gran interés. Desde el principio, Feuerbach se refería al análisis psicológico y afectivo, al valor del cuerpo, a la salud y al bienestar. Debido a la ignorancia de las bases orgánicas, la actividad del cerebro se ha considerado espiritual, aunque no así el resto de las actividades del cuerpo (Feuerbach 1851: 175). Feuerbach se negaba también a imponer limitaciones a la investigación defendiendo la obligación de conocer: “Adonde alcanza nuestra razón llega también nuestro destino, nuestro derecho, nuestro deber. Lo que podemos llegar a conocer debemos también conocerlo” (Feuerbach 1842a: 43). Su investigación quedaba por tanto abierta y especialmente orientada hacia un ámbito futuro: el estudio del cuerpo, del cerebro y de la relación mente-cerebro, por lo que su filosofía de la religión, ya sea en su parte crítica como en la terapéutica, tendría hoy su continuidad natural en el campo de las neurociencias y como neuroteología.
La neuroteología, aun siendo un término inadecuado porque pretende referirse a la totalidad de la experiencia religiosa, a la espiritualidad, a la teología y al cerebro, podría generar un espacio de investigación multidisciplinar y ofrecer una alternativa a las relaciones hostiles entre ciencia y religión. Respecto a las razones que avalan su creación como campo de investigación, se han señalado cuatro metas fundacionales: mejorar nuestra comprensión de la mente y del cerebro; mejorar nuestra comprensión de la religión y la teología reexaminando las ideas filosóficas y teológicas; mejorar la condición humana, particularmente en el contexto de la salud y el bienestar (Newberg 2010: 13-14), clarificando fenómenos como el fanatismo y el terrorismo. Como cuarta meta se alude a la espiritualidad en general como un valor en sí (Newberg 2010: 18). La religión está vinculada a ámbitos que también se conocerían mejor: la moral y los valores. Y en cuanto a cuestiones específicas, se clarificarían temas como: si existe una religión natural; qué es el sentimiento religioso o la fe; qué ocurre en nuestro cerebro cuando formulamos ideas o argumentaciones teológicas; qué efectos neuronales tienen los ritos y la educación religiosa; si el encéfalo dispone de un “cableado” para recibir a Dios o para producirlo (Álvarez-Díaz 2014: 294), y un largo etcétera. En fin, la neuroteología nos encaminaría hacia una nueva ilustración (Newberg 2010: 267).
En realidad, la neuroteología no es un campo de investigación absolutamente nuevo. Un antecedente, de los muchos existentes, lo encontramos en el interés ya de los filósofos medievales musulmanes y judíos en las facultades y zonas cerebrales involucradas en la profecía y en desarrollar un discurso teológico adecuado. Evidentemente, estos y otros antecedentes forman parte de la más remota prehistoria en donde además la neuroteología y la neurofilosofía no se diferenciarían. Es en nuestro tiempo cuando las neurociencias en sentido propio son un campo de investigación emergente en el que participan diversas ciencias y nuevas tecnologías para el procesamiento de información y, sobre todo, se observa y mide el cerebro en actividad, un acceso muy distinto a su exploración a través de los daños cerebrales, la necropsia o las intervenciones quirúrgicas (11).
Según Newberg y Waldman, cuando el cerebro se ocupa del tema de Dios, cambia. También cambia cuando meditamos sobre grandes temas como la teoría de la evolución o el Big Bang. Igualmente cambia al tocar un instrumento y todo ello aumentaría la salud cognitiva. Pero la contemplación y la meditación religiosa cambiarían el cerebro de un modo especial fortaleciendo un único circuito neuronal que específicamente aumenta la conciencia social y la empatía, y sometiendo sentimientos y emociones destructivas (Newberg y Waldman 2010: 14). Las prácticas religiosas y la espiritualidad habrían sido un paso adelante en la evolución. Fortalecieron las nuevas estructuras del cerebro, superiores al cerebro reptiliano. Comportamientos colaborativos más empáticos y más compasivos fueron posibles. Se pudo imaginar un mundo mejor, incluido un mundo en el más allá, y esta nueva capacidad permitió también cambiar el mundo en función de un ideal (Newberg y Waldman 2010: 18).
Lo que estos autores no especifican es si otras actividades y comportamientos no religiosos tuvieron los mismos efectos. Sí sostienen que las prácticas meditativas, religiosas o no, aumentan el flujo sanguíneo en el lóbulo frontal y en la corteza cingulada anterior, disminuyendo los centros emocionales del cerebro, por ejemplo controlando la ira, la cual al dispararse interrumpe la habilidad racional y la conciencia de estar actuando de un modo irracional. Se refieren también a una serie de estructuras y circuitos que estarían implicados en la configuración cerebral de las representaciones, imágenes, sentimientos, ideas, etc., de la “percepción” de Dios (Newberg y Waldman 2010: 20, 51, 54-55), aunque esas estructuras no están especializadas en esta “percepción”. Por otro lado:
“the parietal lobe, when active, gives us a sense of our self in relation to time, space, and other objects in the world. This allows us to imagine a God that is separate from ourselves, existing beyond the boundaries of our personal being. Our brain-scan studies of contemplative forms of Buddhist and Christian meditation show that when activity in the parietal areas decreases, a sense of timelessness and spacelessness emerges. This allows the mediator to feel at one with the object of contemplation: with God, the universe, peacefulness, or any other object upon which he or she focuses” (Newberg y Waldman 2010: 51-52).
Las prácticas contemplativas estimulan la corteza cingulada anterior aumentando la sensibilidad a los sentimientos de los otros (Newberg y Waldman 2010: 53). En cuanto a la química del cerebro, la habilidad para creer en ámbitos espirituales estaría relacionada con la cantidad de dopamina de los lóbulos frontales. Igual que la predisposición a la espiritualidad o al ateísmo estaría vinculada con el balance de la actividad entre los hemisferios derecho e izquierdo. Algunas formas suaves de yoga aumentan los niveles del ácido gamma-aminobutirílico, que está asociado a bajos niveles de depresión y ansiedad. La llamada meditación trascendental baja las moléculas del estrés (epinefrina y norepinefrina). Con la meditación se altera la química del cerebro fomentando sensación de paz, felicidad, seguridad, y rebajando las de ansiedad, depresión y estrés (Newberg y Waldman 2010: 56). Se ha comprobado que la estimulación eléctrica de la amígdala derecha produce alucinaciones, déjà vu y la sensación de estar fuera del cuerpo. El hipocampo, la amígdala y el neocórtex del lóbulo temporal están implicados en la producción de vívidas experiencias alucinatorias. Son también las estructuras implicadas en las experiencias místicas (D’Aquili y Newberg 1999: 44). Rituales rítmicos de larga duración e intensidad, tal y como ocurren en prácticas religiosas, pueden causar una estimulación intensa del hipocampo.
Sin embargo, estamos lejos de una teoría general del cerebro. La experimentación y los resultados invitan a la cautela y a una actitud crítica. Metodológicamente, la neuroteología aun tiene que solventar numerosos obstáculos como por ejemplo: qué medir biológicamente y qué subjetivamente y cómo establecer una relación adecuada y fiable; qué sujetos estudiar y qué grupos de control establecer; cómo relacionar la parte experimental de la ciencia, la experiencia subjetiva y la argumentación teológica. Tampoco está clara la relación entre la función y la estructura cerebral, si las prácticas religiosas favorecen estas o al contrario. No es posible establecer siquiera una religión estándar. Ni se explica la extraordinaria diversidad de religiones y de formas de espiritualidad buscando solo sus bases neurofisiológicas. Localizar áreas o redes neuronales no nos dice nada sobre la existencia o no de Dios, al igual que “que existan correlatos neurológicos de las experiencias de ver un atardecer o de beber una limonada, y del hecho de que estas puedan inducirse artificialmente, no autoriza a afirmar que los atardeceres o el zumo de limón no existan” (Echarte 2009: 48).
Uno de los mayores temores es que la experiencia y el sentimiento religioso se consideren ficciones o incluso estados mórbidos del cerebro. Otro, que la religión se sustituya por neurotecnología. A lo largo de la historia ya se han utilizado un gran número de técnicas en esta dirección, incluidas las sustancias químicas (Newberg y Waldman 2010: 57). Lo que la neurociencia nos ofrecería sería un método más directo y seguro, siendo la cuestión a resolver cómo incorporar estos avances en una religión o un paradigma espiritual de forma apropiada (Newberg 2010: 21). Todo ello renueva, de paso, el debate sobre el uso y límites de la biotecnología:
“igual que ahora está comenzando a aceptarse y a ponerse de moda la medicina cosmética o del enhancement, puede surgir otra dedicada a fines religiosos o existenciales. Y aunque esto no ocurra, (…) las nuevas ofertas biotecnológicas están creando un nuevo perfil de consumidores que, al margen de toda posible prescripción, usan los nuevos medicamentos con tal finalidad” (Echarte 2009: 54). Esto nos plantea si el ser humano busca a un supuesto Dios real o al “mero sentimiento de Dios”; si aspira a la verdad o a consoladoras ficciones. Las promesas de mejora espiritual de la neurociencia no conducen necesariamente a un individuo más espiritual o más interesado en examinar experiencias de conocimiento que no pueden comunicarse (Echarte 2009: 56).
Podríamos estar también desplazándonos hacia formas de adiestramiento y control más sutiles: programas de moralización o una espiritualidad más adecuada al funcionamiento del cerebro. Los neurocientíficos serían los que definirían qué es un cerebro normal o incluso si son pertinentes las proyecciones, y cuáles. Sería posible la creación de una segunda naturaleza controlada “de la cuna a la tumba” que nos haga aún más aptos para el sistema neoliberal (Slaby 2010: 406 y 410) (12) o para cualquier otro. El conocimiento del funcionamiento del cerebro no es razón suficiente para imponer una técnica, una medida o un programa educativo, algo a lo que parece aspirarse. Hay que someter a discusión la agenda antropológica de la neurociencia en la línea de una “neurociencia crítica” (Slaby 2010). El creciente neurocentrismo, caracterizado por la seducción de las neuroimágenes (13), el biologicismo y el cientificismo, reduce al individuo a su cerebro. Se saluda incluso el fin de la dicotomía entre ciencias y humanidades, el fin de la multidisciplinariedad, la instauración de una única “lengua” y la irreversible unificación de todos los conocimientos sobre el hombre, aduciendo como argumentos incontestables la normatividad de la verdad científica, la optimización cerebral, la ilustración y el progreso definitivos. Esta nueva utopía se llama “neurocultura” (Mora 2007: 43-44). En este contexto, la “filosofía del futuro” sería neuroteología, y la literatura como “patología”, neuroliteratura. Es decir: subcampos de la neurociencia. Si lo “neuro” permease todo, por fin el hombre secundaría a su naturaleza, lo cual también podría considerarse un perfecto “antropoteísmo”, pero también un desarrollo inesperado e inquietante de la filosofía de Feuerbach.


Notas
1. Feuerbach denomina a la comunicación de sentimientos con-sentimiento, com-pasión (Feuerbach 1828: 83).
2. “ ‘Pienso, luego soy todos los hombres’, puede en efecto ser también tomado como precepto supremo y como principio absoluto de la doctrina de las costumbres (…). Según la esencia, es decir, según el pensamiento, no eres diferente del otro; así pues (…) sé como en verdad eres, como eres según tu verdadera esencia” (Feuerbach 1828: 127).
3. “Donde todavía intuimos una verdad o un bien más, allá dirigimos nuestra investigación y nuestros deseos (…) [El hombre] encuentra insoportable el ‘alguna vez’, en ‘alguna parte’, ‘parcialmente’, ‘particularmente’, ‘algo’. Quiere el ‘siempre’, ‘en todos los sitios’, ‘en general’, ‘enteramente’, ‘todo’. Ilimitado es su pensamiento, pues a donde quiera que vaya se encuentra a sí mismo en el centro, ilimitada es su imaginación. Y este incontenible deseo del espíritu hacia lo perfecto no es vacío ni carente de fundamento” (Feuerbach 1828: 109).
4. Los males “que no pueden palparse con dedos y pinzas” (Feuerbach 1851: 274).
5. “un figlio della povertà, della Penìa, di quella povertà che è madre dell’appetito e dell’amore non solo sessuale ma anche per le cose: una voglia que, lungi dal venir inculcata nei nullatenenti solo del ‘comunismo’ e dallo ‘ateismo’ moderni -come dà ad intendere l’egoismo dei benestanti-, è pensata e descritta già nel linguaggio della ‘sacra’ scrittura come un’unica cosa con la povertà” (Feuerbach 1857: 45).
6. “aunque sea ateo, adhiero abiertamente a la religión en el sentimiento antedicho, a la religión natural. Odio el idealismo, que arranca al hombre de la naturaleza (…) los efectos de la naturaleza afectan no solo a mi corteza, mi cuerpo, sino también a mi núcleo, mi interior (…). Sé que soy un ser finito, mortal, y que alguna vez dejaré de existir. Pero eso me parece muy natural, y precisamente por eso me siento completamente reconciliado con esta idea (Feuerbach 1851: 60-61).
7. “¿Por qué tengo que ir más allá de la naturaleza? Soy tan poco sobrenatural que ni siquiera soy un ser supraterrenal (…). Sin duda elevo mi mirada al cielo más lejano, pero todo lo miro con la luz y la medida de la tierra (Feuerbach 1851: 116).
8. “Se puede considerar como no creyente en ella [en la suprema esencia] aquel que mira como imposible el poseerla, así como aquel que no tiende hacia ella porque no cree” (San Anselmo 1076: 341).
9. En Epigramas se refería a este proceso aunque pronosticaba la transformación de la religión en un sentimiento privado, una vía que luego desaparece en la obra de madurez (Feuerbach 1830b: 180-181).
10.  Feuerbach parece no considerar que las ideologías puedan ser también las causas de la barbarie.
11. “sofisticadas técnicas de registro electrofisiológico y magnetográfico de la actividad neuronal, (…) técnicas avanzadas de estimulación cerebral, (…) exploración por tomografía axial computarizada, por emisión de positrones o por resonancia magnética y resonancia magnética funcional, (…) marcadores bioquímicos y procedimientos de la biología molecular” (García-Albea 2011: 578).
12. “La clásica asociación weberiana de la ética protestante y el espíritu del capitalismo viene a ser ahora el hombre neuronal y el espíritu del nuevo capitalismo (…). La metáfora de moda para dar cuenta del cerebro ya no es el ordenador sino el discurso del liberalismo económico. (…) Una manera de describir el funcionamiento del cerebro que se vale de la metáfora del liberalismo económico se toma como su forma natural, la cual termina a su vez por naturalizar la fuente de la metáfora (…) el propio liberalismo económico, como si este fuera la forma natural hacia la que progresa la humanidad” (Pérez 2011:104).
13. “¿Qué mide la IRMf [Imagen por Resonancia Magnética funcional]? (…). La imagen coloreada resultante mide en rigor flujo sanguíneo que se supone está relacionado con la actividad neuronal correlativa a la actividad conductual en estudio (…). No es una instantánea del cerebro sino el promedio estadístico de muchas tomas, a menudo de muchos sujetos (…). La neuroimagen está tomada en un ambiente completamente antinatural (…) sin hacer otra cosa (…). El flujo sanguíneo (…) tiene un curso mucho más lento que el proceso neuronal (…). Puede estar alimentando más de una actividad neuronal, aparte de que puede haber unas neuronas más eficientes que otras y que necesiten menos oxígeno. Tampoco se sabe cuántas neuronas son necesarias para dar lugar a una unidad de medida. (…). La IRMf detecta áreas activas, dando una imagen del cerebro más modular que distribuida en redes funcionales (…) por lo que esta cartografía cerebral se ha visto como una “nueva frenología” (…). Aun resuelto lo anterior, queda el problema fundamental de explicar la actividad de un campo por la de otro (…) la mente por el cerebro” (Pérez 2011: 101).

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